Motocarro (XVII)

Después de más de media hora de presenciar la escena allí parada, con los pies destrozados, se animó a salir. Abrió la puerta de la fábrica. Al instante, la cerró. Fue a por la planta artificial, de pesada maceta, y la acercó hasta la puerta. La utilizó para fijarla y que no se cerrase, por si tenía que volver a entrar. Después, avanzó despacio hacia el vehículo accidentado. Poco a poco, empezó a distinguir el cuerpo de un hombre en el interior, inclinado hacia delante, inmóvil. Rodeó el motocarro, por su parte trasera, descubierta y sin carga, hasta que pudo ver el lado izquierdo.

El guardia de seguridad estaba reventado bajo la rueda y bañado en sangre. No se movía. Ella no iba a comprobar si estaba muerto, aunque todo apuntaba en esa dirección. El conductor del vehículo, sin lugar a dudas, era el hombre que había dejado tirado en el suelo de aquella casa, camino abajo. Tampoco se movía, y parecía haber corrido la misma suerte que el guardia. Ella se detuvo. Miró en todas direcciones sin conseguir ver a nadie. Volvió a mirar a la pareja, absurdamente accidentada, y siguió caminando, con cada vez más determinación, sendero adelante, alejándose de la fábrica, hasta que la perdió de vista.

De no ser por la observación del socio, Epo no habría visto las tijeras, medio escondidas en la manaza del peluquero. Con la mano derecha empuñó el secador, pero su acción pasó de inadvertida a inútil en cuestión de segundos. El socio avanzó en dirección al peluquero hasta llegar al centro del local, más o menos, a una posición equidistante entre los dos hombres. Desde allí, se volvió hacia Epo, le mostró con la mano la cortina de la que había salido y le rogó:

—Salga por ahí. Y disculpe las molestias.

Epo no lo dudó. Soltó el secador y tomó el camino que le indicaba aquel hombre. Antes de atravesar la cortina de tiras de plástico a colores escuchó un batacazo descomunal. Se volvió. El socio estaba en el suelo, panza arriba, tras haber resbalado con un pequeño charco de champán. El peluquero aún le miraba con rencor, un rencor profundo. Epo reanudó la marcha, atravesó la trastienda, bastante desordenada, sorteando unos montones de cajas con aprovisionamientos de peluquería, salió por una puerta que encontró abierta, que daba al portal contiguo, y desde allí alcanzó a la calle.

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