Motocarro (XVIII)

Caminaba en dirección a su casa con una calma teatral. Estaba a salvo y sin bucles por un par de meses. Tenía trabajo y nada de lo que acababa de ocurrir en la peluquería merecía ser recordado. Un corte de pelo caro, pero necesario. Se detuvo para observar su reflejo en la ventanilla de un coche. Automáticamente, se llevó la mano a la cabeza para confirmar, con un segundo de retraso, lo que la vista le había notificado: los bucles de la parte superior seguían allí, desafiando la gravedad y el sentido estético de los jefes. Continuó caminando, maldiciendo al peluquero, pasándose los dedos por la cabeza, sin llegar a creerlo.

La imagen que ofrecía ahora la parte superior de su cabeza, en contraste con la inferior, era más espectacular que antes de entrar en la peluquería, y menos apropiada para presentarse con ella a trabajar. Incluso la gomina parecía destinada al fracaso. Al llegar al semáforo, los dos chinos de aquella otra peluquería que se habían negado a dejarle entrar, pasaron por delante de él a lomos de un escúter, con la melena negra asomando por debajo de los cascos. Se acercó al borde de la acera y buscó entre el denso tráfico una luz verde de taxi.

El restaurante era tan enorme como frío y tan sin clase como poco acogedor. Apenas había una luz roja aquí y allá, manteniendo oculto el color y apariencia del techo. Destacaba la barra, iluminada como una atracción de feria, la auténtica luz del local. Ella fue la primera en llegar. Aceptó aquel lugar como punto de encuentro por desconocimiento y por la tenaz insistencia de la otra parte. De haber sabido lo que le esperaba no hubiera hecho tal concesión. Ahora era demasiado tarde. Cabía esperar y proponer otro lugar, en el caso de que la impresión del saludo fuera favorable. Él fue puntual. Recorrió el local con la mirada y se dirigió a la mesa donde estaba ella, la única ocupada.

—¿Alexeia? —dijo.

—Yo soy. Y tú…

—Eponodorio. Todos me llaman Epo.

Ella le tendió la mano a través de la mesa y él, después de estrecharla unos segundos, se sentó en la silla de enfrente.

—Te voy a ser sincera —dijo ella—. Este sitio no me gusta nada. No sé qué clase de relación tienes con el dueño, o con el personal, o con alguien de la cocina, pero…

—Ah, eso se arregla.

Anuncios

2 thoughts on “Motocarro (XVIII)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s