Motocarro (XIX)

Se giró hacia su derecha y emitió un silbido en dirección a la barra que rebotó por todo el local. Ella se quedó sorda de su oído izquierdo, y perpleja por la naturalidad de él.

—Eh, Frasco —gritó—. Un poco de luz, hombre.

Sin mediar respuesta se encendieron, de golpe, todas las luces del restaurante. El techo estaba forrado de lámparas del mismo diseño tubiforme, variando en tamaño, altura y anchura de sus pantallas, todas de color almíbar en distintos tonos. A ella le llamó la atención la expresión de Epo, su tranquilidad, sobrepasada de vez en cuando por alguna mirada calculadora y desconfiada. Su piel oscura, con alguna marca de color casi morado, los labios carnosos, los ojos de dormilón que se fijaban en su cabello, largo y sedoso, en el brillo acuoso de sus ojos y en la curva de su nariz, apenas con forma de gancho, emergiendo con decisión, dispuesta a agregar personalidad sin restar belleza y a rescatar a su portadora del cliché de rubia tonta.

—Esto es otra cosa —dijo ella.

—Entiéndelos, no se habrían dado cuenta de que estábamos aquí. ¿Qué quieres tomar?

—Ah, pues…

—Un mojito.

—No sé… Muy dulce.

—No, no. Un mojito de cerveza. ¿Lo has probado?

—No. ¿Está bueno?

—Buenísimo. Ya verás.

Encargaron dos mojitos de cerveza a un camarero recién salido de la escuela de hostelería. Epo se pellizcó la camisa blanca a la altura del pecho y la sacudió un poco.

—Frasco —gritó—. Pon el aire, hombre, que nos vamos a cocer.

Después fijó sus ojos en Alexeia. Le dijo:

—El anuncio decía que eras pasivo-agresiva.

—¿Leíste el anuncio entero?

—Sí.

—Muy bien. No, mira, en realidad soy psicóloga. Lo puse con toda la intención, para descartar a todos los que no quería que respondieran el anuncio.

—Ah, vale. Y ahora mismo, ¿me estás analizando?

—No, nada de eso. Aunque no puedo evitar fijarme en algunas cosas, pero no te preocupes.

—No, si no estoy preocupado.

—Espero que no te haga sentir incómodo.

—¿El qué?

—Eso, que sea psicóloga. Algunos hombres se intimidan al lado de mujeres con estudios, con inteligencia, con la frente descubierta…

Epo se carcajeó.

—No, no, —dijo—. Tranquila. Ah, y también pusiste que eres abyecta.

—Por lo mismo que te he explicado antes.

—Me gusta. Yo también lo soy. Soy muy abierto de mente, y también con las personas. Es natural para mí. No soporto la gente cerrada.

Ella se recostó en su asiento y le dedicó una mirada larga, profunda, analítica, aunque no exenta de aprecio.

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