Motocarro (XX)

—Cuéntame qué has hecho esta tarde —dijo ella.

—Oye, nunca he ido al psicólogo, pero esto parece una de esas consultas que se ven en las películas. No, en serio. He pasado la tarde con mi amigo Blas. Ya te puedes imaginar, mi amigo querido de la infancia, mi camarada. Siempre que lo veo me alegra la vida. Hemos tomado café, nos hemos puesto al día y hemos recordado anécdotas de hace como veinte años. Y tú, ¿qué has hecho?

—He estado en el campo. Charlando con la gente del lugar, jugando con sus perros, visitando sus casas, escuchando sus opiniones sobre… Sobre la vida en general.

El camarero diplomado llegó con los dos mojitos de cerveza. A ella le gustó el color de la bebida. Él tomó instintivamente la pajilla con dos dedos y empezó a remover la mezcla muy despacio, tratando de no derribar la media rodaja de limón incrustada en el borde del vaso. Ella le observó durante un rato. Después acercó la boca a su pajilla, sin usar las manos, y dio un pequeño sorbo. Paladeó, concedió su aprobación con la cabeza y sentenció:

—Exquisito.

—Te lo dije.

Empezó a escucharse un rumor monótono que empezó muy leve y fue subiendo de intensidad para desaparecer de súbito. Unos segundos después volvió a sonar. Continuó así durante un rato, mientras Alexeia miraba la expresión de calma de Epo y se preguntaba qué era aquello.

El camarero diplomado se acercó con una única carta para ver si deseaban ordenar la cena. Epo se la cedió a ella, que empezó a consultarla de forma sistemática, como si buscase alguna palabra en concreto. Minutos después, a lo largo de los cuales no dejó de escucharse el sonido monótono intermitente, ella levantó la cabeza, rió agasajada por la expectación que había creado y declamó:

—Para mí, una sopa de caracoles viudos gratinada con queso de pezón sarmentero; entremuslos de pecarí adobados al vino limón; raquetas de pescado con guarnición de pimientos enanos dragoneros; y sesos de buey con puré de yuca. ¿Cómo saben que los caracoles son viudos?

—Matamos a sus hembras —dijo el camarero.

—Yo —dijo Epo— tomaré el cóctel de hierbas. Es fresco, ¿verdad? Y también la percha de Guarano. Muy hecha.

El camarero se fue. Se quedaron unos instantes mirando alrededor.

—No es posible —dijo él— que te vayas a comer todo eso.

—Sí, soy comedora compulsiva. Lo puse bien claro en el anuncio.

—Ya, pero pensé que era una broma.

—Anda, déjalo estar. Cuéntame, ¿a qué te dedicas?

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