Motocarro (XXII)

—Sí. Tengo el despacho en casa. No va mal, pero tampoco tengo muchos clientes. Lo prefiero así. Como no necesito el dinero, quiero tener los clientes justos para no aburrirme, pero sin llegar a saturarme. Es una ocupación tranquila.

El sonido monótono intermitente volvió a escucharse durante un rato.

—Ese ruido lo haces tú, ¿verdad? —dijo Alexeia.

—Claro.

—¿Puedes decirme por qué lo haces?

—Si te digo la verdad, para desconcertarte un poco. Para equilibrar. Tú me analizas y yo tengo que distraer tu análisis para no sentir que me estás haciendo una radiografía.

—Epo, no te estoy analizando.

Él soltó una carcajada y dijo:

—Me quedo más tranquilo.

—En realidad, lo de la consulta lo hago porque me gusta. No necesito el dinero. Gracias a mi padre tengo un patrimonio que me da lo suficiente para vivir sin preocupaciones. Ya sabes, rentas de inmuebles y esas cosas. Si quisiera, dejaría de trabajar. ¿Y tú? Si ya no pones cafés, ¿a qué te dedicas?

—Administro mi patrimonio, mis inversiones. Tengo casas, terrenos, acciones, participaciones en el capital de distintas empresas…

—Eso no lo conseguiste trabajando de camarero.

—No, la verdad. Al morir mi padre descubrí que tenía una fortuna entre oro, dinero en efectivo en cuentas del extranjero, productos financieros y más cosas. El origen de ese dinero es más que dudoso, por lo que prefiero no tocar el tema.

—A mí también me ocurrió algo por estas fechas, hace diez años. Bueno, antes que nada tengo que decirte que tengo una amiga extraterrestre. Es más que una amiga, en realidad. Me comunico con ella normalmente por telepatía, porque es lo más rápido, barato y fiable, aunque a veces me envía señales por otros medios. Por lo que me ha explicado, vive cerca de Urano. Aquí todo el mundo está convencido de que no se puede vivir cerca de Urano, pero a mí esas cosas me matan de la risa. Que le pregunten a mi amiga si se puede o no. Pero ella, en realidad, es de Andrómeda, lo que ocurre es que cometió un delito. En su planeta, la justicia no es exagerada, o sea, que no es cruel, pero tampoco te perdonan así de fácil. A ella la condenaron a una celda de castigo. Sus cárceles son de régimen abierto. Si aquí una celda de castigo es de dos metros y medio por uno y medio, es decir, casi cuatro metros cuadrados, allí van tan sobrados de espacio que la celda de castigo de mi amiga es un planeta pequeño. Muy pequeño, de hecho. Está desterrada en un planetucho, igual que Napoleón en la isla de Santa Elena. Pero el planetucho es una ganga.

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