Motocarro (XXIII)

El camarero trajo la sopa y el cóctel de hierbas, junto con dos mojitos de cerveza que Epo había pedido con un gesto. En una mesa próxima se sentó una pareja. La mujer tenía, por lo menos, setenta años. Llevaba un vestido color verde pastel, estilo Dior, que hubiera estado de moda en mil novecientos sesenta y cinco. Traía esposado a un hombre como de treinta años, vestido de frac, con el cabello negro engominado, aspecto de pianista de concierto y los ojos vendados con una cinta negra. Alexeia tomó su mojito y golpeó suavemente el de Epo, en señal de brindis, antes de dar un sorbo.

—Por cómo describe mi amiga el planetucho —dijo—, llegué a la conclusión de que es como la Tierra, sólo que está despoblado de vida inteligente. Hay animales, plantas, ríos, montañas… Así que le envío consejos de supervivencia, porque para ella es un tipo de vida nuevo, ya que su planeta es completamente distinto y no sabe cómo aprovechar los recursos naturales.

—O sea, que tu amiga es una delincuente. Y ¿qué es lo que ha hecho? Si lo puedes contar, claro.

—No. Mucho cuidado con eso. Es una delincuente según las leyes de Andrómeda. Según las leyes de este planeta, que son las mías, no lo es.

—Pero ¿qué hizo?

—Déjalo estar, no tiene importancia. Eso aquí no es delito. Ni lo será nunca. Además, le queda muy poco para terminar su condena y poder volver a su planeta. ¿Sabes? En su planeta no tienen problemas de comunicación, porque se transmiten los pensamientos. El problema es el autocontrol mental, los pensamientos negativos. Por eso, les enseñan autocontrol mental cuando son niños, igual que el control de esfínteres. Bueno, pues te contaba todo esto porque aquel día, hace diez años, intenté llegar hasta ella. Estaba muy enamorada y decidí que tenía que reunirme con ella como fuera. Le pedí ayuda y me dijo que sólo tenía que tumbarme en la cama, relajarme y seguir conectada con ella. Eso es lo que hice aquella mañana. Cuando llevaba como media hora en estado de total concentración noté cómo me separaba de mi cuerpo y me movía por el espacio. Pude ver mi cuerpo en la cama, y después no sé cómo salí de la casa. Sólo recuerdo que volaba muy deprisa. Esa sensación duró como medio minuto.  Después empecé a notar mucho calor y me encontré sentada en una piedra, en medio del campo, cerca de Zagramal.

—Qué casualidad, allí…

—Algo salió mal. Creo que no me concentré bastante. Después de eso, perdí el contacto con mi amiga y me fui olvidando de ella. Hasta hoy.

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