Motocarro (XXIV)

—¿Por qué me olvidaste?

—Ya tú lo sabes. Para no sufrir.

—Entonces, ¿no has sufrido?

—Sabes que sí. Al principio. Después, te conseguí olvidar.

—Yo todavía te quiero.

—Y yo…

—¿Te encuentras bien? —dijo Epo.

—Sí —dijo ella—. Perfectamente.

La mujer de la mesa cercana tomaba su consomé de oca muy despacio, con una cuchara de plata que sacó del bolso. A su acompañante le pidió galletas de la suerte y de vez en cuando le colocaba una en la boca, que él mordía como si no hubiera comido en varios días. Una mosca sobrevoló las mesas con ese soberano, majestuoso y característico vuelo errático que algunos confunden con manifiesta torpeza. El camarero llamó la atención a Alexeia por dirigirle un manotazo.

Cuando salieron del restaurante tenían calor, no tanto por la temperatura del aire como por los mojitos. Ella se palpaba la panza y emitía suspiros.

—Estoy llenísima —dijo—. Mira, toca aquí.

Tomó la mano de él y se la llevó al vientre, apretando ligeramente.

—Está hinchado —dijo—. ¿Lo notas?

—No.

—A lo mejor piensas que cualquiera puede manosearme la tripa.

—No lo sé.

—Pues yo te digo que no. ¿Sabes lo que eso significa?

—No.

Ella se arrimó a su oreja y le susurró:

—No te ha sentado bien la cena, ¿verdad? Parece que te has quedado sin neuronas. Significa que vayamos a un hotel que conozco.

—¿Y si no quiero?

Ella le dio un empujón. Él soltó una carcajada.

—Era una broma —dijo—. ¿Dónde está ese hotel?

—Ven, mi coche está aparcado cerca de la esquina.

Ella se tambaleaba un poco. Cogió la mano izquierda de él y se la colocó alrededor del talle, a modo de cinturón. Él hizo todo lo que pudo por no tropezar con sus tacones, con bastante éxito. Le dijo:

—¿Sabes que la Agencia de Aeronáutica Espacial ha enviado una nave de exploración a Urano?

—No. ¿Por qué me dices eso?

—Porque a lo mejor ven a tu amiga. Podrías decirles que está allí.

—¿Para qué? Ni loca le diría eso a la Agencia de Aeronáutica Espacial. No tengo muchas garantías de que mi amiga saliese bien parada.

—Y, ¿no te da miedo que yo lo haga?

Se me quedó mirando en silencio un instante. Después se puso a carcajearse.

—De todas formas —dijo—, tardarán en llegar más de cinco años. Para entonces, ella habrá vuelto a Andrómeda.

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