Motocarro (XXV)

El hotel Bochul de la avenida Estructuránimo tenía un aspecto de esos que invitan a pensar en el plan empresarial de sus dueños. Su ubicación, en una zona por la que apenas circulaban peatones, y donde un vehículo no se detendría jamás, de no ser estrictamente necesario, espantaba, por lo menos, al setenta por ciento de los clientes potenciales. Otro veinte por ciento lo espantaba su letrero, que de día se asemejaba a una broma montada por cuatro adolescentes en pleno delirio alcohólico, y de noche convencía a quien lo mirase de que la electricidad era un invento diabólico.

El diez por ciento restante lo espantaban sus dos escaleras de acceso que, como el hotel hacía esquina, daban una a la avenida y la otra al callejón del Salpicadero. Simples entradas sin puerta ni indicación alguna, con escaleras que al tercer escalón doblaban en ángulo cerrado, impidiendo ver su final y formando en la mente del curioso una imagen inquietante.

Al taxista tuvieron que indicarle el lugar donde tenía que detenerse con mucha antelación, por lo extraño de la zona. No le hizo ninguna gracia tener que detenerse en el carril izquierdo de la avenida, en plena oscuridad. A ellos les llevó un buen rato deslizarse por el estrecho y hundido asiento trasero para salir por la puerta del lado izquierdo. Alexeia, que había decidido en el último minuto no conducir, en parte por la insistencia de él, y dejar su coche aparcado cerca del restaurante, salió la última a golpe de carcajada arrastrando por todo el asiento el dilema de avanzar o romper la falda, tendiendo inútilmente una mano a Epo, que ajeno a su drama se ajustaba los pantalones dándole la espalda, incapaz de detectar en su risa una petición de ayuda.

            —¿Es aquí? —dijo Epo.

            —Sí. ¿Te gusta?

Sin esperar respuesta le agarró por la muñeca y empezó a subir las escaleras tan deprisa que él, con su cara a dos centímetros del trasero de ella, daba por hecho que la vería caer y partirse la nariz. Las paredes estaban pintadas de rosa, un rosa sucio que no conseguía ocultar algunas manchas de humedad. La recepción consistía en un mostrador de madera, sobre el que había un pequeño mazo de tarjetas color violeta en las que se leía, en letras verdes, el nombre del hotel y su dirección, junto a las palabras “íntimo” y “discreto”.

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