Motocarro (XXVI)

Al oírlos llegar, apareció del otro lado una chica con gafas de montura gruesa, una blusa negra sin mangas, unos shorts color amarillo y un dedo hundido en el corte delantero de un libro de texto. Les obsequió con una sonrisa estudiada, pero eficaz.

—Buenas noches —dijo.

—Hola, encanto —dijo Alexeia—. Dame la ciento dos, anda.

—En seguida.

—No me digas que estás estudiando.

—Sí. Mañana tengo un examen de Derecho Civil.

La habitación ciento dos se encontraba en la misma planta de la recepción, al final del pasillo, y daba a la avenida. Nada más entrar, ella fue hasta la ventana y corrió las cortinas. Él pulsó el botón de encendido del aire acondicionado. La habitación, en contraste con el exterior del hotel, se veía muy acogedora. De estilo rústico y sin ningún lujo, pero con las sábanas impecables y el baño en orden. Una cama ancha de matrimonio con cabecera de madera y un colchón listo para descansar. Epo se sentó en la cama y se quitó los zapatos, mientras ella se mojaba la cara en el baño.

Empezaron tanteándose con besos, algún lametón, caricias de cabello, de cara, de manos. Después, decidieron explorar el resto del cuerpo. Ella seguía un orden descendente, allí donde él cambiaba de lugar de forma brusca, como si improvisara. En las dos horas siguientes, sin necesidad de ponerlo en palabras, fueron aparecieron sus preferencias, sus fijaciones, sus fetiches. A ella se le escapó una risita y él supo que había encontrado su lugar favorito para ser acariciada. Empezó a hacerlo, midiendo su destreza con la intensidad de los gemidos de ella, y era cada vez más diestro, y más, hasta que sobrevino un temblor y se abrazaron. Después, cambiaron de posición.

Comenzaron a sudar. Ella le agarró el rostro con las dos manos, él sonreía, ella lo besaba y él acariciaba sus costados. Su lenguaje se redujo a un puñado de palabras, casi siempre susurradas. Se entrelazaron, comenzaron a vibrar con fuerza creciente, con empellones que sacudían aquel nudo sensual sin deshacerlo, acrecentando su unión, su tensión. Sus corazones latían a pleno rendimiento. Su deseo se desbordaba. Hasta que alcanzaron el clímax, otro más, y seguían moviéndose, por inercia, como si dudaran de que lo último que habían conseguido fuera real y necesitasen la prueba definitiva, el recuerdo imborrable.

Terminaron abrazados durante más de cinco minutos, inmóviles, regularizando su respiración, besándose de cuando en cuando, con los ojos cerrados.

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