Motocarro (XXVII)

Un rato después, Epo abrió los ojos, y con mucho cuidado retiró su brazo, donde ella apoyaba la cabeza. Se recostó en la cabecera de la cama y observó la habitación: la puerta del cuarto de baño, entreabierta; los zapatos de tacón de ella, sobre las baldosas color tierra, cerca de los pies de la cama; la falda, a poca distancia de estos; sus pantalones, en el brazo de la butaca del rincón; sus zapatos, en el lateral de la cama; la ventana, cubierta por las cortinas color crema de guisantes; el gotelé blanco del techo; y el plafón de doble foco. El cabello lacio de ella, que le caía por encima del ojo cerrado y la mejilla hasta casi introducirse en su boca medio cerrada.

—Me estaba acordando de mi padre —dijo—. Pobre… Cuando yo tenía nueve o diez años contrajo una enfermedad. Cada vez que conseguía una erección potente, se ponía a sangrar por el trasero. Imagínate. Lo pasó muy mal. Se volvió loco. Dicen que el día que murió le había ocurrido, unas horas antes de morir. Pero no murió de eso. Se estrelló con un motocarro que no era suyo, atropellando a mi cuñado. Quién sabe lo que le llevó a hacer eso. Pero antes de subir al motocarro ya estaba malherido. Le golpearon. Le pegaron tan fuerte en la cabeza que casi lo matan. Y fue precisamente en Zagramal, donde…

Vio que ella no se movía, tan sólo respiraba, con la cabeza vuelta en dirección a él. Giró despacio sobre sí mismo y apagó la luz. Al momento la volvió a encender. Se levantó de la cama y fue hasta la butaca del rincón donde estaban sus pantalones. Sacó su móvil, que había desconectado antes de entrar al restaurante, y lo encendió para ver si tenía alguna llamada importante que no había respondido. Tenía dos: una procedía de un número desconocido; la otra era de Galerio Fondini, un detective que investigaba, desde hacía diez años, las extrañas circunstancias de la muerte de su padre. Epo se metió en el baño, cerró la puerta y marcó su número.

El detective respondió con voz somnolienta. Epo se excusó por haberle despertado.

—No importa —dijo Galerio—. ¿Cómo es que llegas tan tarde a casa?

—No estoy en casa. He visto que me has llamado hace cuatro horas. ¿Es importante?

—Ah… —se incorporó en la cama—. Sí, Epo. Lo tenemos.

—No es posible.

—Lo es. Diez años, Epo. Diez años.

—No puedo creerlo.

Estuvieron sin pronunciar palabra unos segundos.

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