Motocarro (XXVIII)

—Lo tenemos —repitió Galerio.

—¿Estás seguro? Mira que aquella vez de…

—No, no es lo mismo. Esta vez no hay duda. Ahora sí tenemos a la mujer que golpeó a tu padre hasta casi matarlo en aquella casa de campo.

—Y ¿cómo ha sido?

—Recientemente, esta mujer se ha realizado unas pruebas de ADN con el objeto de identificar los restos de su padre, muerto en accidente de avión. El laboratorio donde se hizo las pruebas, como hacen todos los laboratorios, remitió copia de la historia clínica a la policía, para que la incorporen a su base de datos. Y esa es la suerte que hemos tenido. Coincide a la perfección con las muestras de los cabellos que se encontraron en la casa y en la fábrica. No hay duda de que fue ella quien le golpeó. Es una triste buena noticia.

—Lo sé. Pero al menos se hará justicia.

—Sí. Ya era hora.

—Buen trabajo, Galerio. No sabes cuánto te lo agradezco. Mañana comemos juntos y me das los detalles.

—Muy bien. Pero no puedo quedar a comer. Tendrá que ser por la tarde.

—De acuerdo. Mañana por la tarde. Buenas noches, Galerio.

—Buenas noches, Epo.

Al salir del baño, notó que ella había rectificado su posición en la cama. Ahora estaba boca arriba, con los pies juntos, los brazos cruzados sobre el pecho, con las puntas de los dedos de ambas manos casi tocando los hombros, como la momia de un faraón. Él fue hasta la butaca del rincón y guardó su móvil en el bolsillo del pantalón. Después, fue hasta su lado de la cama; se tumbó despacio por no despertarla; estiró la sábana hasta cubrir los dos cuerpos más arriba del ombligo; y apagó la luz, no sin antes extraer una pestaña que le torturaba el ojo izquierdo.

Pensaba en la conversación que acababa de mantener con Fondini. Seguía sin creer que hubieran encontrado, después de tantos años, a la culpable, a la agresora de su padre. Tantos años pensando en ella, imaginando su cara, maldiciendo su nombre sin conocerlo. Tantos años espoleado por una mezcla de venganza, deseo de justicia y lealtad a la memoria del difunto. Tantos años confundido por las circunstancias en que había muerto, imposibles de explicar. Esa mujer era la clave, la pieza que completaría el rompecabezas y le daría significado. Tenía que dárselo. Tenía que haber una razón que se les había escapado todo este tiempo, una causa, un por qué.

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