Motocarro (XXX)

Epo volvió a escuchar la voz de Alexeia, pero esta vez no sonaba próxima a su oreja izquierda. Parecía provenir de la nube pegada al techo, y tampoco sonaba como la voz de Alexeia que había escuchado hasta ese momento. Era como si hubiera recuperado el tono que tenía en el restaurante, segura de sí, relajada, pero al mismo tiempo fría, distante, como hipnotizada. Dijo:

—Sí, muy bien. Lo que tú digas.

Epo siguió mirando la silueta del techo durante un buen rato. Después, sus ojos empezaron a nublarse, porque le estaba venciendo el sueño. Los abrió en un espasmo. Ya no podía saber si aquella silueta blanquecina estaba allí o se lo dictaba su imaginación. Una sensación de tranquilidad empezó a invadirle el cuerpo. Ella ya no hablaba. Seguramente, había superado su pesadilla y ahora dormía plácidamente. Lo mismo que debería estar haciendo él. Se giró despacio hacia la derecha y colocó el brazo bajo la almohada.

Fuera, en la calle, estaba todo muy tranquilo. Un coche se detuvo, se abrió la puerta y se escucharon unos pasos, marcados a golpe de tacón. En el pasillo del hotel, alguien buscaba su habitación en medio de reprimidas carcajadas. Recordó la noticia de Fondini. Infló los pulmones despacio, hasta el tope de su capacidad. Después, dejó ir el aire poco a poco. Cerró los ojos y empezó a respirar de forma cada vez más pausada, hasta que se durmió.

El alféizar de la ventana estaba agrietado, pero sólo él parecía darse cuenta. Los demás, entre los que se encontraban su padre, Galerio Fondini y algunos amigos, parecían divertirse mucho con su preocupación. Su padre se acariciaba la greña color rojo que le nacía en la frente sin parar de reír. Se estaba volviendo rojo todo él, como un tomate maduro. Epo insistía en beber y los otros se reían de él, hasta que no pudo aguantar más. Fue hasta la cocina, abrió la nevera y encontró una sola botella de cerveza. La agarró, como se agarra alguien que se está ahogando a cualquier cosa que sospeche que le puede mantener a flote, y cerró la nevera de un portazo. Entonces llegaron ellos, empezaron a abrazarle, a zarandearle, y él a protestar, a intentar desasirse, sin éxito, cada vez más agobiado, intentando  proteger la botella, sin conseguirlo, hasta que esta cae al suelo y explota. Sus pedazos se esparcen por toda la cocina. Su líquido crea un pequeño charco en forma de estrella que desespera a Epo, le pone furioso, le hincha de rabia y por fin lo coloca, sollozando, de rodillas.

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