Motocarro (XXIX)

Su cuñado también murió, pero a Epo no le caía nada bien. Le culpaba del distanciamiento de su hermana, algo que nunca le perdonó. Su hermana se suicidó nada más conocer la noticia del doble fallecimiento. Epo se quedó sin familia y poco después supo que era rico. Escuchó la voz de Alexeia, hablando muy bajito:

—Más, más arriba. Despacio. Así…

Instintivamente, se giró en su dirección, aunque no podía verla por la oscuridad. Se había callado. Respiraba profundamente. Y ¿qué opinión le merecía aquella chica que estaba tendida a su lado, desnuda, que de cuando en cuando hablaba sola? Le gustaba. Tenía clase. Era preciosa. Una psicóloga con una amiga extraterrestre. Sonrió. Empezó a repasar, mentalmente, el cuerpo de ella, a recordar los momentos más intensos que acababa de vivir admirándolas, acariciándolas, haciéndolas suyas. Le entraron ganas de repetir. ¿Qué haría esta vez, repetir o dejar pasar? ¿Cuánto tiempo iba a seguir teniendo citas con mujeres diferentes? Era la primera en mucho tiempo que salía bien. Nada que ver con aquella tenista profesional que aseguraba tener dos maridos y cincuenta gatos, que casi le degüella para demostrarle lo afilado que era su cortaúñas; o aquella diplomada en Senderismo, con el pelo teñido de gris, que maullaba como un gato y se tomaba una fotografía cada nuevo amanecer desde que tenía diez años. Alexeia volvió a susurrar:

—No me dejes sola otra vez. Tengo miedo. Puedo escucharlo. El perro ladra y sacude la cadena. Que se calle.

Epo se giró otra vez en su dirección, sólo para escuchar cómo se elevaba el volumen de sus jaculatorias:

—No quiero… No quiero quedarme sola con ese hombre. Acaba de asesinar a su mujer. El baño huele a… lejía.

—¿Te encuentras bien? —dijo Epo.

Silencio. Él pensó que tenía que despertarla, comprobar si realmente se encontraba bien. A lo mejor tenía una pesadilla. Observó algo en el techo de la habitación. Era como un resplandor muy tenue, como una nube de humo que se hubiera solidificado. Tenía la forma de un cuerpo humano, o a lo mejor se la estaba buscando él, pero aquello parecía, con toda seguridad una cadera, unos hombros, unas piernas. No podía ser un reflejo que entrase por la ventana, porque las cortinas seguían corridas y eran lo bastante espesas como para evitar tal efecto lumínico. La figura, esa silueta blanquecina, estaba quieta, como flotando, muy cerca del techo, si es que no lo estaba tocando.

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