Motocarro (y XXXI)

Las cortinas, suavemente mecidas por el viento, fue lo primero que vio al despertar. La luz que entraba a través de ellas indicaba que no era temprano, pero tampoco demasiado tarde. Seguramente, mediodía. Recordó esa llamada que tenía que hacer a la hora de comer, a su abogado. Recordó la conversación con Galerio, casi como si la hubiera soñado, y se alegró. El día empezaba bien. Estuvo a punto de seguir un impulso que lo enviaba a buscar su móvil y ver qué hora era, pero lo bloqueó a tiempo. No importaba. Cinco minutos, media hora de más o de menos no iba a marcar ninguna diferencia sustancial. Repasó la noche anterior. A su espalda tenía otro buen motivo para celebrar el nuevo día.

Acarició sus rizos mientras recordaba la cena, la llegada al hotel, la sesión erótica. Era fantástico haber encontrado una mujer con cultura, con inteligencia, con quien poder entenderse tan bien. Era una bendición, y tal vez una señal de que su vida estaba cambiando. Se giró de medio lado y tocó con su codo el cuerpo de ella. La sensación que le produjo fue muy extraña. El cuerpo, al tacto, le pareció un maniquí. La impresión quedó corroborada por la información que aportaba ahora su pie izquierdo, que por instinto había ido a explorar la parte izquierda de la cama. El cuerpo estaba duro. Se giró sobre sí mismo para ver si Alexeia dormía.

Era difícil emitir un juicio. Los ojos estaban cerrados, la boca entreabierta, pero no parecía respirar, y su pecho permanecía inmóvil. La postura era la misma que había observado Epo al salir del baño, luego de hablar por teléfono con Galerio, boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho. Poco a poco empezó a notar que el rubio de su cabello se había desvanecido para dar paso a un blanco resplandeciente y sano, que brillaba en la penumbra de la habitación.

Epo colocó su puño derecho a la altura de la cadera de ella y la empujó suavemente, para despertarla. Volvió a notar, con mayor intensidad, la dureza de su cuerpo. La piel parecía cartón piedra, madera, plástico. Un material resistente y ligero. El cuerpo se ladeó hacia la izquierda, pero ella no abrió los ojos ni hizo el más mínimo movimiento. Él aún dudaba si volver a zarandearla, si despertarla o dejarla allí durmiendo, cuando vio detrás de su oreja un pequeño punto color oscuro, como un tatuaje.  Se acercó para verlo con detalle y descubrió que se trataba de un pequeño dibujo, tan simple como enigmático: dos pequeños círculos intersecados. Introdujo su mano entre los brazos de ella hasta alcanzar con la palma el lado del corazón. La mantuvo allí unos instantes sin percibir latido alguno, llamándola por su nombre entre susurros.

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