La caja (I)

Lo que más me llamó la atención, al aterrizar en Literania, fue la importancia de aquel cartoncito.

Era muy pequeño, de unos dos centímetros por uno y medio, y llevaba el escudo de la Oficina de Migración en color azul marino sobre fondo crema, además del microchip, no mayor que el agujero de un botón de mi camisa, donde se almacenaba cierta información, como el día y la hora de mi aterrizaje, la procedencia de mi vuelo y la fecha en la que debería abandonar el país o renovar mi permiso. Sin aquel dichoso cartoncito no podía volver a casa. Si lo perdía, me convertiría en un ilegal a los ojos de las autoridades migratorias. No en un ciudadano ilegal, sino sólo en un ilegal, alguien de tan baja condición que no merece ni sustantivo.

También me llamó la atención la complexión de los guardias del aeropuerto, los menos atléticos que he visto jamás. Se les veía ágiles, y lo cierto es que no necesitaban fuerza alguna portando aquellas armas tan sofisticadas, pero su aspecto de actores de comedia los hacía únicos, detalle que me sorprendió, aunque no tanto como el cartoncito. Sobre todo porque, a los pocos minutos de salir del aeropuerto, ya lo había perdido. Estaba empeñado en guardarlo en un sitio seguro, el más seguro de todos, así que lo fui a colocar en el interior de mi cartera. Pero cuando lo saqué del bolsillo se me cayó al suelo, y cuando me agaché a recogerlo se desplazó casi un metro, girando en pequeñas compulsiones, empujado por una ráfaga de viento. Su huida fue muy artística, la verdad, digna de un auténtico primer bailarín del mejor musical.

Lo admiré por ello y aprecié su ironía, pero tenía que recuperarlo. Di un paso en su dirección y proyecté contra el suelo la palma de mi mano derecha, seguro de que lo había atrapado. Así fue. Cuando giré la mano, lo tenía pegado a la piel, pero en ese momento se soltó, rodó por mi antebrazo y, aprovechando otra ráfaga de aire, se marchó volando sobre el techo de un taxi para después perderse entre los coches. Lo busqué con la mirada un buen rato. Me hubiera arriesgado por él, lo hubiera intentado recuperar en medio del tráfico, pero sin verlo equivalía a arriesgarse por nada.

—¿Taxi, señor? —dijo una voz.

—No, gracias.

Seguía buscando el cartoncito con la mirada, cada vez más desilusionado.

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8 thoughts on “La caja (I)

  1. Muy buena entrega y pormenorizadas descripciones que a la vez intrigan dejan a la luz un proceso burocrático bastante poco aceitado, o lento.. (como prefieras 😉 )… Gracias por compartir. Un abrazo. Aquileana 😀

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