La caja (II)

—Va a necesitar un taxi para ir al centro —dijo la voz de antes.

—Ahora no, gracias.

—Suba. En quince minutos estaremos allá.

—Le he dicho que…

Entonces lo vi, al otro lado del asfalto. Voló por encima del guardarraíl hasta que cayó. Lo que había debajo era otra autopista atiborrada de coches.

—Tengo que ir abajo —dije al taxista sin mirarle.

—¿Abajo? No hay acceso. Tendría que ir hasta la próxima salida, hacer el cambio de sentido, tomar la autopista de abajo hasta la salida anterior, cambiar otra vez de sentido y llegar debajo de donde estamos. Pero cuando llegue no podrá detenerse.

—Lléveme.

Estaba un poco atontado por el vuelo, pero mi atontamiento creció en un ciento cincuenta por cien con el suceso del cartoncito. Por supuesto, no confiaba en encontrarlo allí abajo. Cuando llegásemos ya se lo habría llevado el viento. Lo habría colocado en el interior de algún coche o en las pistas del aeropuerto. No tenía ningún sentido, pero quise ir por si se presentaba la casualidad, por no resignarme a perderlo todo así como así. Con aquel cartoncito se esfumaba mi posibilidad de regresar a casa, y tenía que hacerlo en veinte días, para asistir a la boda de mi hermana. Subí al taxi.

—¿Primera vez en Literania? —dijo el taxista.

—Adivine.

El taxista soltó una carcajada.

—Sí —dijo—, es su primera vez. Es demasiado evidente.

Lo normal, en este caso, hubiera sido entablar una conversación amigable con aquel tipo, para tratar de sonsacarle algún consejo útil que me sirviera en aquel país desconocido. Eso es lo que se hace con las primeras personas que te encuentras en el aeropuerto, en el hotel, por la calle. Pero yo sabía que era absurdo. ¿Por qué iba a ayudarme? Cualquiera sabe que los buenos consejos valen dinero. Gratis no consigues más que información obvia. Aquel infeliz se esforzaba por ser amable, confiando en que le soltaría una buena propina antes de bajar. No me conocía. Además, no me apetecía hablar. Estaba traumatizado por haber metido la pata nada más llegar.

—¿Es usted culto? —dijo el taxista.

—Depende. ¿Comparado con quién? ¿El último premio Nobel de Literatura?

—Ah, lo es.

Mi supuesta cultura pareció defraudarle.

—Sólo sé que lo intento —dije—. Me educaron para apreciar la música, el teatro, las artes y…

—¿En serio? Qué suerte.

No mostró ninguna emoción. Dijo:

—Está claro que le va a ir muy bien aquí. Ha llegado al lugar apropiado.

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