La caja (III)

Noté cierto retintín cuando dijo “apropiado”. Su actitud había dado un giro.

Ya no trataba de contarme cualquier cosa agradable para que le diera propina. Esas últimas palabras las había dicho a su pesar. Me miró por el retrovisor y dijo:

—Eh, culto. ¿Por qué no me pones un apodo?

—En primer lugar, no le conozco; en segundo lugar, no me parece apropiado poner motes a las personas; y en tercer lugar, por si no se ha dado cuenta, no tengo ganas de hablar.

—Venga, ¿qué te cuesta?

Empezó a insistir como un niño de tres años.

—Sólo —dije— si me explica por qué este lugar es apropiado para mí.

—Ah, no puedes negar que es tu primera visita. Esto es una república literaria. Nuestro presidente componía sonetos en el seno materno. Aquí se valora la cultura por encima de todo. No consigues dinero sin cultura.

Estábamos llegando a la desviación para cambiar de sentido. Respiré hondo y, asumiendo que había perdido el dichoso cartoncito de la Oficina de Migración, y que no tenía ningún sentido perseguirlo a bordo de un taxi, le dije al taxista-niño que continuase hacia el centro. Necesitaba un hotel. Necesitaba una ducha y dormir unas horas. Estaban a punto de ser las doce y media de la mañana. Él pulsó un botón del taxímetro.

—Ah, culto —dijo—, no sabes cuánto lo siento. Estaba tan entretenido charlando contigo que se me olvidó poner en marcha el taxímetro. Pero yo creo que, tratándose de gente como tú, podemos calcular luego sin problemas el precio del servicio, ¿no te parece?

Ignoré su comentario.

—Explíqueme por qué es un lugar apropiado para mí. Y no me llame culto. Ya le he dicho que no me gustan los motes.

—Amigo, le van a venir bien algunos consejos si quiere prosperar aquí. Aquí nos encantan los apodos. Son expresiones culturales.

El tráfico nos obligó a detenernos. El taxista aprovechó para girar su cabeza y ofrecerme una espesa sonrisa. Entre el pelo cobrizo, que llevaba muy corto y casi se le juntaba con las cejas, y las patillas tan pobladas, daba la impresión de que llevaba puesto el casco de un legionario romano. Cerré los ojos un instante. No veía el momento de salir de la ducha y meterme en la cama. ¿Una república literaria? Había escuchado, en casa, que era la décima potencia mundial a nivel económico, gracias a su desarrollo en los últimos veinte años. Pero quitando de ese detalle, era muy poca la información que se publicaba sobre Literania.

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5 thoughts on “La caja (III)

  1. ¿Por qué siento que te vemos menos por estos lados? No sé si soy yo y mis periplos diarios que me hacen valorar el tiempo de manera extraña, pero creo que se han distanciado tus publicaciones. Lo cual es siempre malo: son un verdadero deleite. Espero todo ande bien y que no dejes de escribirnos.

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