La caja (IV)

—¿Por qué ha vuelto a hablarme de usted? —dije—. Y ¿por qué asume que soy su amigo?

El taxista-niño volteó para mirarme entre sorprendido, enfadado y confuso, arriesgando su seguridad y la mía al apartar la vista de la calzada. No me inmuté, pero cuando recuperó su posición original y empezó a observarme por el retrovisor le guiñé un ojo.

—Me gusta su sentido del humor —dijo—. Aquí apreciamos mucho el sentido del humor. ¿En qué hotel le dejo?

—En el Washington.

—Ah, no.  Ese no es un buen lugar para alguien como usted.

—No importa. Me lo han recomendado y confío en la persona que me lo recomendó.

Llegamos al centro de Ilustración, la capital de Literania. Me llamó mucho la atención la tranquilidad con la que se desarrollaba la vida cotidiana de sus habitantes. No había gritos, ni ruidos estridentes, ni maniobras bruscas de los conductores. Pensé que tal vez las autoridades ejercían una represión feroz de cualquier desmán. El taxi se detuvo a la puerta del Washington.

—Dame cuarenta seprones, culto —dijo el taxista—. Lo siento, había olvidado que no le gustan los motes ni el tuteo. ¿Desea factura?

—Te daré veinte y en paz.

—¿Cómo?

—La próxima vez, pon en marcha el taxímetro.

Le di un billete de veinte seprones y me despedí. Una vez fuera del taxi, escuché cómo me gritaba:

—Tenga mi tarjeta, por si me necesita.

Me la tendía sujeta por dos dedos a través de la ventanilla del copiloto. La guardé en el bolsillo de la cazadora y me despedí otra vez. La puerta del hotel se abrió de golpe y salieron a escape seis chicas de unos veinte años cuya rubia cabellera delataba su origen nor-europeo.

La habitación no era nada lujosa, pero sí lo suficientemente confortable. Después de todo, no era un viaje de placer, ni para prosperar, como dijo el taxista. Había sido enviado en base a un intercambio de tipo cultural, gracias al hermanamiento que Ilustración mantenía con mi ciudad de residencia, Santa Pétula. Al menos, esa era la explicación oficial. La razón verdadera tenía nombre femenino. Sospechaba que cierta conocida residía en la ciudad, así que provoqué el viaje para encontrarme con ella. Mi primera tarea sería ducharme, la segunda dormir unas horas y la tercera comprar algo de ropa. Viajar sin equipaje es muy cómodo, pero hay que asumir las consecuencias. La chica que me atendió en recepción fue tan amable y tan simpática que por un momento pensé que éramos amigos. Demostró un conocimiento absoluto sobre todo lo referente a mi país, en particular, las obras de nuestros escritores más conocidos.

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