La caja (V)

Desperté mientras alguien intentaba abrir la puerta de mi habitación. No consiguió entrar, afortunadamente, pero sí ponerme en guardia. Eran las ocho de la mañana pasadas. Solté una maldición de tres frases largas. Había dormido dieciocho horas de un tirón, y eso era bueno para mi espalda, pero me fastidiaba haberme perdido el día anterior y no haber salido a por ropa. Tendré que volverme a poner la que traía en el avión, que ya estará un poco sudada, pero confío en que no apeste. Entonces, me di cuenta de que estaba desnudo, y eso me extrañó mucho, porque nunca duermo así. Cuando me disponía a salir de la cama para entrar en el baño escuché el ruido de la cisterna. Dos segundos después se abrió la puerta del baño y apareció una mujer de unos veintiocho años con el cabello envuelto en una toalla y sujetando otra que le cubría desde las axilas hasta la mitad de los muslos. Me sonrió y me dijo:

—Buenos días, Descartes.

No respondí. No conocía de nada a esa mujer, y Descartes era el mote que me pusieron en el instituto los mayores, por mi corte de pelo. Estaba tan sorprendido que tardé unos segundos en reaccionar, y cuando lo hice, cuando por fin iba a pedirle que me explicase quién era, qué hacía en mi habitación y cómo sabía mi mote de los diecisiete años, abrió la puerta y se marchó por el pasillo en dirección a los ascensores. Iba a seguirla, pero escuché voces a mi derecha y, como estaba desnudo, mi instinto me aconsejó cerrar la puerta.

Seguía perplejo. Revisé bien por todas partes y no encontré ninguna prenda femenina. Cuando me cansé de buscar y me metí en la ducha comprobé, con infinito fastidio, que en el baño no había más toallas que las que ella se había llevado, así que no iba a tener con qué secarme. Continué duchándome y me demoré a conciencia, tratando de encontrar una solución, disfrutando del agua caliente que corría por mi espalda, mis hombros, mis piernas. Al final, decidí llamar a recepción y pedir unas toallas, chorreando agua sobre la moqueta, sobre el teléfono, sobre la mesilla de noche. Los cinco minutos escasos que la recamarera tardó en golpear con los nudillos la puerta de mi habitación, se me hicieron eternos. Alcé la voz y le rogué que depositara las toallas en el suelo del pasillo. Calculé el tiempo que le tomaría marcharse y abrí la puerta de la habitación, sólo para tropezar con sus ojos, que me miraban fijamente, y su guardapolvo a rayas.

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6 thoughts on “La caja (V)

  1. Escribes bien, José, se nota que ya tienes oficio. Un placer no encontrarme con incorrecciones gramaticales, que desprestigian (para mí) hasta los más bellos textos. No es tu caso, insisto, y eso me complace. Saludos desde Oviedo,

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