La caja (VII)

La prensa de Literania es puramente informativa. Sólo trae resultados deportivos, notificaciones de actos culturales, el clima, algunos datos económicos y poco más. A los literanos les encanta debatir sobre todo tipo de cuestiones. Está mal visto rehuir un debate, y mucho más acalorarse, emplear falacias o manipular a los contertulios para que se lleven una mala opinión de un oponente. Petronio sorbía su té, de tanto en tanto. En eso, se me quedó mirando, arqueó sus pobladas cejas de funcionario medio rebelde y me dijo:

—Lo que no entiendo —dijo— es que te hayas hospedado en el Washington. Alguien como tú… Vamos, yo te hubiera acomodado en el Tolstoi, por ejemplo. O en el Stendhal.

—Es suficiente. Los lujos excesivos nublan la mente.

—Bien argumentado —. Levantó su taza de té—. Brindis, por favor.

Brindé. A mi lado, un ejecutivo que debía estar hablando por teléfono con su mujer o con su amante declamaba, de la forma más aséptica, unos versos de Zorrilla.

—Visitaremos primero la biblioteca —dijo Petronio—, si te parece bien.

Mi primera tarea para ese día era comprar un par de camisas, un pantalón y unos pares de calcetines. Ah, y unos calzoncillos. Me apetecía visitar la biblioteca, pero no en aquel momento. Sobre todo, porque mi segunda tarea consistía en localizar a Nohala. Lo que pasa es que no quería, de ninguna manera, enfrentarme con Petronio, porque era mi comodín. Pensaba solicitar a la Asociación que intercediera por mí ante las autoridades migratorias para que me permitieran salir del país en el plazo previsto.

—Tu secretario fue muy amable.

—Ah, ¿sí? ¿Qué te dijo?

—¿No te lo ha contado?

—Pues no. No he tenido ocasión de hablar con él hoy.

—Me pareció escuchar que se llamaba Jairo. ¿Puede ser?

—¿Jairo? Claro, sí, es su nombre.

Jamás he conocido a nadie que se llame así. Estaba tan intrigado por saber quién era ese que había estado rondando por mi habitación mientras yo dormía, respondiendo mis llamadas y haciéndose pasar por mi secretario, que mi intriga se transformó en ansiedad. Me descubrí jugando con la cucharilla del café sobre la mesa. Le daba vueltas, primero con una mano, luego con las dos, hasta que la expresión de Petronio me hizo volver a la realidad.

—Jairo es un nombre muy común aquí —dijo—. De hecho, el héroe fundador de Ilustración se llamaba Jairo Belinchón. Bueno, pues tu Jairo me contó lo mucho que te gusta el vino turco.

—Ah, qué tunante.

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