La caja (VIII)

Fue una salida totalmente irreflexiva, porque es una palabra que no empleo nunca, igual que el vino turco. Volví a decirla, esta vez en mi pensamiento, sin saber cómo, cuando estábamos a unos pasos de la entrada a la Biblioteca Nacional. Tuve que detenerme para admirar aquella mole de piedra. Es un edificio… ¿Cómo describirlo? Imponente. Majestuoso. No hay palabras que se acerquen a definir la impresión que me produjo. Era grande hasta dejar sin uso la palabra “grande”. Pero era algo más, era armonioso, agradable de contemplar, con esos ladrillos del siglo XVIII tan bien tallados, tan pulcramente colocados, con ese color galleta que el sol le regalaba, convirtiéndolo en un apetitoso dulce. Estaba tan conmovido que cerré los ojos y extendí mis brazos como deseando abrazar el tremendo edificio. Al instante recibí un escupitajo en plena cara, lo que me fastidió tanto como me sorprendió. Abrí los ojos y vi alejarse una mujer bastante mayor, volviéndose a mirarme de vez en cuando.

—No la juzgues mal —dijo Petronio—. Es que aquí se considera de muy mal gusto ese gesto que has hecho.

—Ah, ¿sí? No lo sabía. Ni me lo podía imaginar.

—Lo sé. Pero para otra vez, ya lo sabes.

Entramos en la biblioteca que, según me iba contando Petronio, había sido fundada por Carlín I el Demacrado. Aquella biblioteca era una escala obligatoria en mi viaje, pero no iba a visitarla en aquel momento. Me moría por cambiarme de ropa, y también por preguntar en el hotel de qué manera y por qué motivo se había introducido tanta gente en mi habitación la noche anterior. A todo eso había que sumar mi prioridad principal, que era encontrar a Nohala, así que en cuanto Petronio se adelantó hacia el mostrador para solicitar información sobre las visitas a la galería de incunables, me di la vuelta y me escondí tras una columna del inmenso vestíbulo. Segundos después, caminé en diagonal y me mezclé como pude con un grupo de turistas asiáticos, bastante borrachos, hasta que conseguí salir a la calle.

Rodeé el edificio, para esquivar a Petronio si decidía salir a buscarme, y justo al otro lado de la calle vi un cartel que anunciaba unos grandes almacenes. Me dirigí hacia allá a toda prisa, sin poder dejar de pensar en ese Jairo que decía ser mi secretario, en la chica que había salido del cuarto de baño en mi habitación, en la recamarera mirándome fijamente.

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