La caja (IX)

De las cinco camisas que me probé, dos me sentaban estupendamente, así que me las llevé. Una era a cuadros grandes, en verde y gris, y la otra a cuadros más pequeños, en azul marino y gris. Lía me convenció de que los cuadros me hacían parecer menos delgado y yo le creí, como le había creído en los últimos quince años. También compré unos tejanos, varios pares de calcetines negros y una americana de tweed de color gris azulado no muy entallada. Regresé corriendo al hotel. Por el camino me crucé con la chica que había salido de la ducha de mi habitación esa misma mañana. Le grité, la perseguí, traté de hablar con ella, pero no conseguí que me viera. Se subió a un coche que la estaba esperando y se esfumó.

Llegué al hotel. Nada más entrar por la puerta, mientras me dirigía a toda máquina hacia la recepción para preguntar a la recepcionista, tan letrada y tan versada en los escritores de mi país, sobre los sucesos de la noche anterior, me sorprendió su mueca de sorpresa, que parecía inspirada en algo que estaba ocurriendo a mis espaldas. Me di la vuelta.

La recamarera que me había visto desnudo esa mañana estaba allí plantada, con su mirada taladrante. Le acompañaba un señor mayor con bigote, que parecía un guarda forestal. La recamarera, sin disimular su enojo, se quitó el guardapolvo a rayas, y después continuó desnudándose allí mismo, mientras el señor, sin presentarse ni nada, empezó a gritarme, muy enfadado:

—Mi hija se ha enamorado de usted. Dice que usted es fuerte como el viento, guerrero como el escarabajo, honorable como el gato, noble como el lagarto y procaz como las anguilas. Que su cuerpo de usted bien podría ser el de un fauno de los pintados por Boticelli. Que su boca de usted es de tal dulzura que ni siquiera la más amarga sonrisa publicitaria podría hacerla perder su sabor almibarado. Que sus…

—Espere —dije—. ¿Qué viento fuerte ni qué anguilas procaces, hombre? No sé lo que le habrá contado esta chica, pero sólo nos hemos visto una vez, durante dos segundos. No hubo contacto físico. Yo sólo quería mis toallas. Fue un accidente.

Junté las palmas de las manos a la altura del esternón al tiempo que inclinaba un poco la cabeza hacia delante, imitando un saludo respetuoso que solía hacer una buena amiga de Thailandia, tratando de infundirles tranquilidad. Al ver esto, la recamarera, que ya no llevaba puesto más que un collar de falsas perlas, empezó a gritar como una loca y a señalarme con su dedo índice, terminado en una afiladísima uña nacarada. Su padre-forestal se disponía a golpearme cuando llegó la recepcionista-letrada y le invitó a detenerse. A quien no detuvo fue a la hija, que empezó a lanzarme, una por una, todas las prendas que se había sacado de encima, ante la nada fingida sonrisa de la recepcionista. Cuando por fin padre e hija se marcharon, la recepcionista me explicó por lo bajo que mi pretendido saludo respetuoso, allí se consideraba un gesto de muy mal gusto.

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