La caja (X)

También me dijo que había llamado mi secretario.

—Ah, ¿sí? —dije—. Y ¿cómo era su voz?

—¿Cómo dice?

—No, quiero decir que si dejó algún recado.

—No, señor.

Cuando le pregunté exactamente cuántas personas habían pasado por mi habitación el día y la noche anterior, se cerró en banda y respondió que a mi habitación no había entrado nadie. No la creí, pero tampoco quise insistir, por falta de pruebas. Subí a mi habitación. Cuando abrí la puerta vi que estaba todo cambiado de sitio. Aquel hotel era el más raro que había visitado jamás.

Aquella tarde, ya con ropa limpia y después de saborear un estupendo menú literano —que después me enteré de que era la típica bazofia que les sirven a los turistas—, me senté a tomar café en una terraza de la avenida Gramática. La avenida Gramática es la calle más larga de Ilustración, con casi quinientos números, y cada una de sus aceras tiene, como poco, seis metros de anchura. Además, su calzada tiene cuatro carriles por cada sentido, más uno para el autobús y otro para bicicletas, a lo que hay que añadir el seto central de la avenida, poblado por un denso bosque de pinos piñoneros.

Tenía cuatro días para encontrar a Noha. Después, mi trabajo con la Asociación me lo dificultaría bastante. Como geógrafo, historiador y delegado de la Asociación Cultural Balzac de Santa Pétula, mi tarea iba a ser actuar como ponente en tres conferencias y reunirme con distintos equipos de trabajo para intercambiar impresiones sobre geopolítica, de todo lo cual debía presentar un informe detallado al regresar a casa.

Hubiera sido fácil contactar con ella a través de alguna red social, enviarle un mensaje, decirle que estaba de visita en la ciudad y concertar un encuentro. Pero quería darle una sorpresa, y desde luego que se la iba a dar, aunque en ese momento no sabía si sería grata o ingrata. Así que me conformé con tomar nota de su dirección, que me costó lo indecible de encontrar, después de consultar varios registros, varias guías de usuario, una guía telefónica y otra postal.

—Eh, culto —dijo una voz.

“Mira por dónde”, pensé. “Ya sé quién me va a llevar a casa de Noha”. El taxista me sonreía desde su taxi verde, aparcado enfrente de mí, a unos tres metros.

—No se ofenda por lo de culto, ¿eh? —dijo.

—Llegas justo a tiempo.

—Eh, ¿por qué me tutea?

—Porque ya somos casi familia.

Deposité dos monedas de seprón sobre la mesa y me dirigí hacia el taxi.

—Llévame a la calle Juan Rulfo. Y no te olvides de activar el taxímetro.

—Claro, sube. ¿Has pagado?

—He dejado dos seprones.

—¿Dos? Pero si el café cuesta menos de uno.

—Bueno, que se lo queden de propina.

—¡De propina! Estás loco. Sube, corre, antes de que salga el camarero.

Subí al taxi y salimos a escape.

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