La caja (XI)

Resulta que la calle donde vive Noha está casi saliendo de la ciudad, en dirección suroeste, así que fue un buen paseo, a lo largo del cual el taxista tuvo tiempo de sobra de contarme su vida, sus hobbies, y de enseñarme la ciudad como un auténtico guía turístico, además de informarme de algunas costumbres de los literanos en general y los ilustrenses en particular. Nos tomó cinco minutos llegar hasta el primer anillo de circunvalación, conocido como Vía Cortázar, otros cinco llegar hasta la avenida Fuentes y unos diez llegar hasta la zona residencial Miller, donde vive Noha, más unos tres hasta la puerta de su casa.

En ese tiempo aprendí que el taxista, que no utilizaba el radio-taxi por tenerlo estropeado, había servido en la marina de Literania durante casi dos años; que lo que más le gustaba hacer, en sus ratos de ocio, era construir acuarios; que los literanos son muy dados a fijarse en los detalles, y los ilustrenses más aún; que el índice de criminalidad en la capital, la ciudad más grande del país, era prácticamente nulo, aunque últimamente se estaba extendiendo entre los jóvenes la peligrosa costumbre de los duelos a espada.

Todo esto mientras me mostraba la Biblioteca Nacional, que ya conocía; los jardines colgantes de Ilustración; las estalactitas, como denominan a ciertas farolas por su forma; la colonia Becquer, integrada por casas de construcción estatal habitadas por gente de escasos recursos; y los grouchos, esos autobuses de doble altura con forma de avión sin alas y grandes ventanas de lunas opacas. La zona residencial Miller, donde se encuentra la casa de Noha, me pareció estupenda desde el primer momento. Con mucho encanto, aunque sin el lujo y el empaque de las casas que pude divisar a lo lejos, en el bulevar Onetti, donde vive la Pléyade, ese grupo hermético que forman los escritores vivos más famosos del país, con un inmenso poder a todos los niveles. El taxi se detuvo junto a una verja de la que escapaban ramas de ciprés.

—Dieciocho seprones con treinta y dos —dijo el taxista—. Esta vez he conectado el taxímetro.

—¿Cómo es que llevas dos días sin reparar el radio-taxi?

—Ah, porque no he encontrado el momento. Además, casi no lo uso. No lo necesito. Llevo en esto más de diez años y sé cómo conseguir clientes.

—No lo dudo. Bueno, es casi seguro que nos volveremos a ver.

—Es muy posible, culto. La vida es una caja de sorpresas.

Llamé al timbre que había junto a la verja y, un minuto después, la verja se abrió de forma automática. Recorrí el sendero empedrado que dividía el césped en dos explanadas, una con la piscina en el centro y otra poblada por un pequeño jardín, y subí las escaleras del porche. Antes de que me diera tiempo a llamar al timbre de la puerta pude escuchar la voz de Noha allá dentro.

—Hoy has llegado más pronto que nunca —decía—. ¿Es que no hay tráfico? ¿O es que por fin te has vuelto puntual?

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