La caja (XII)

No respondí. La podía escuchar tras la puerta, sacando su manojo de llaves.

—En tres años —dijo— es la primera vez que llegas cinco minutos antes. Espérame, Renault, que no encuentro la dichosa llave. ¿Renault?

Escuché cómo introducía la llave en la cerradura. Entreabrió la puerta dos dedos y la cerró de golpe. El interior de la casa estaba oscuro. A ella no la vi, pero era su voz.

—Noha —dije—, soy yo. Soy Leo.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? ¿Qué quieres?

—He venido a verte, Noha.

No respondió. Insistí:

—Noha, ¿es que no me vas a abrir la puerta?

Un minuto de silencio.

—Está bien —dije—, lo entiendo. Estás esperando una visita y no quiero interferir en tus asuntos. Sé que he sido impetuoso, pero quería darte una sorpresa.

Silencio.

—Me marcho, Noha. Voy a quedarme veinte días. Si me quieres localizar, pregunta por mí en el hotel Washington.

Sin escuchar respuesta, di media vuelta y me marché. Mientras desandaba el camino hasta la calle me fije en el agua de la piscina, a mi izquierda, limpia y estática como un espejo. Aquella zona residencial era hermosa, pero encontrar allí un taxi iba a ser tan difícil como encontrarlo en la luna. Eché a andar en dirección al centro, bastante dolido por la actitud de Noha. “Quién sabe”, pensé, “a lo mejor aparece mi taxista favorito”.

Esa noche, antes de acostarme, tomé precauciones. Me arranqué cuatro pelos de la parte alta de la cabeza, o sea, los más largos, y los fijé con un poco de cinta adhesiva que había comprado y mucha paciencia, uno en la parte inferior de la puerta de la habitación, mitad sobre la puerta y mitad sobre el marco, y los otros de forma parecida, dos en las hojas de la ventana que daba a la calle y otro en la ventana del baño. De esta forma, podría saber si entraba alguien en la habitación mientras dormía.

A la mañana siguiente, mientras me afeitaba, más o menos a las ocho y media, sonó el teléfono. Era Petronio con su voz de funcionario.

—Ayer te perdí en la biblioteca —dijo.

—Sí. Te busqué, pero con la de gente que había no pude encontrarte.

—No importa. Hoy tenía previsto enseñarte el palacio de cristal.

—Prefiero ver la biblioteca, si no te importa.

—En absoluto, pero no sé si dará tiempo a ver el palacio y la biblioteca. Cierran a las dos. Si quieres, podemos ir al palacio por la tarde.

—Muy bien.

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