La caja (XIII)

Mi propósito de estar con Noha se vio frustrado, así que tenía que llenar el tiempo haciendo algo. Me vestí con mi camisa a cuadros verdes con raya gris, salí al pasillo mirando bien a todos lados, para no tropezar con la recamarera, dejé mi llave en recepción y fui hasta la cafetería Faulkner. Allí estaba ya Petronio, con una sonrisa de oreja a oreja, consultando la prensa en su consola.

—Siento lo de ayer —dije.

—No importa.

—Mira, estaría bien que me dieras un número para poder localizarte.

—Claro.

Me lo anotó en una servilleta de papel. Le comenté que mi teléfono móvil no servía en el país y me dijo que conocía una forma de arreglarlo. Cuando se separó de la barra me di cuenta de que, de cintura para abajo, no llevaba ropa, a excepción de unas alpargatas de esparto de tipo romano, como las que llevaban antiguamente los agricultores de mi tierra.

En ese momento, un hueso de aceituna me golpeó la nariz. Me hizo un daño tremendo. Me giré para localizar al agresor, pero lo único que vi fueron dos sujetos, bastante bien vestidos, lanzándose huesos de aceituna que llevaban en el bolsillo interior de la americana. En eso, Petronio me ofreció una servilleta de papel, viendo que mi nariz sangraba, pero yo, creyendo que era la servilleta donde había apuntado su número de teléfono, me la guardé en el bolsillo trasero del pantalón. Lo más sorprendente es que la gente no parecía sorprendida. Seguían con sus conversaciones como si aquello fuera algo normal o saludable. Manoseé mi nariz y fue cuando me di cuenta de que sangraba. Eché mano de una servilleta de papel para limpiarme, levanté mi taza de café y me trasladé al otro extremo de la barra, seguido de cerca por Petronio.

—Tranquilo —dijo—. Son pequeñas rabietas que nunca llegan a nada serio.

—Mejor.

Al salir de la cafetería pasamos por una tienda donde vendían artículos de regalo para turistas. Me sorprendió ver que el artículo que más vendían era una imitación de esqueleto de perro de tamaño llavero. Estaba por todas partes, en todos los colores y materiales: de cuero, de madera, de cera, de hojalata, de tela, de plástico… Petronio me dijo que le entregara mi teléfono al señor del mostrador, un literano amable y hospitalario de tez clara y bigote espeso que lo analizó detenidamente durante unos segundos. Después, lo colocó sobre un aparato que tenía a su espalda, encima de una repisa, que parecía un imán muy grande de forma rectangular. Lo dejó allí descansando unos segundos y me lo devolvió.

—Dos seprones —dijo.

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5 thoughts on “La caja (XIII)

  1. Espérate… ¿Leí bien? ¿Petronio andaba desnudo de la cintura para abajo paseándose por dondequiera? ¡Me muero, José! Y ese artículo de esqueleto de perro… Se te ocurren unas cosas… Jajaja

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