La caja (XIV)

Le pagué y salimos de allí. En teoría, ya podía hablar con cualquier teléfono de Literania, pero no hice la comprobación hasta más tarde. Regresamos a la Biblioteca Nacional, la fantástica mole color galleta tan apetitosa. Amo ese edificio, pero aquella vez me abstuve de abrazarlo. Lo que hice, en cambio, fue pedir a una amable literana que llevaba a su hijo de la mano que nos hiciera una foto con mi teléfono, sacando de fondo la biblioteca al fondo. Yo adopté mi postura típica de foto, con la mano derecha en forma de revolver, vuelta hacia mí y señalando hacia arriba. Si la mujer enfocaba bien, mi dedo índice señalaría el edificio a nuestras espaldas. En el mostrador de la recepción nos dieron unas acreditaciones para transitar en áreas de acceso restringido, lo que nos permitiría, entre otras cosas, visitar los fondos de la biblioteca.

La recepcionista que nos atendió no dejaba de mirar mi nariz y la servilleta de papel manchada de sangre con que yo la apretaba. Gracias a nuestra acreditación, en la galería de incunables nos permitirían consultar, en privado, cualquiera de los ejemplares expuestos, previa petición a cualquier vigilante. La recepcionista, al corriente de nuestras intenciones, nos advirtió que deberíamos pasar primero por el botiquín, situado en un lateral de aquel mismo vestíbulo. Allí, una enfermera de facciones prominentes empezó a examinar mi nariz.

—¿Cómo se ha hecho eso? —dijo.

—Una batalla de huesos de aceituna en la cafetería —dijo Petronio.

La enfermera buscó en un armario con puertas de cristal.

—Tenga —dijo—. Es un poco molesto, pero corta de raíz la hemorragia.

Puso en mis manos un pequeño frasco con vaporizador que contenía un líquido amarillo pálido, como un perfume. Lo apunté desde abajo hacia el agujero derecho de mi nariz, cerré los ojos y lo accioné. Aquel líquido tenía un sabor repugnante, y escocía lo suyo, pero la verdad es que funcionó. Sustituyó el molesto flujo de sangre por un molesto sabor a fruta podrida que, sin duda, era más adecuado para revisar libros.

Le di las gracias a la enfermera y nos dirigimos a la galería. Había ejemplares magníficos, como el Salterio de París, códice bizantino del año 975 célebre por sus personificaciones alegóricas. O el “Libro de los autómatas”, de Al-Jazari, confeccionado en el sureste de Turquía en el siglo XIII. La boca se me hizo agua cuando Petronio sonrió, henchido de orgullo, y pidió al vigilante que nos permitiera hojear en un despacho aparte el “Libro de caza del rey Modus”, del siglo XV, famoso por sus fabulosas escenas campestres.

La mañana se me pasó volando. Cuando Petronio anunció que se marchaba a casa a comer, ya me estaba haciendo el propósito de regresar, cuanto antes, a aquellas salas repletas de libros. Quedamos en vernos por la tarde, a eso de las cinco, en la puerta de mi hotel. Le acompañé hasta la parada del autobús y después fui a buscar un restaurante de comida ilustrense que me recomendó.

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