La caja (XV)

Cuando llegué al hotel, después de comer, la recepcionista letrada me dijo que había telefoneado una mujer preguntando por mí. No había dejado su nombre, pero sí su número de teléfono, manuscrito en el papel que me estaba ofreciendo. Subí a mi habitación intrigado, saqué el teléfono y marqué el número. Cuando respondieron, no tuve dudas: era la voz de Noha. Me dijo que sentía mucho lo de la tarde anterior. Que la había pillado un poco nerviosa, porque estaba esperando a su masajista, pero que con gusto me recibiría esa tarde a las cinco y media. Le dije que iría y, acto seguido llamé a Petronio para posponer la visita al palacio de cristal hasta la mañana siguiente.

Llegué a la zona Miller casi a la hora prevista. Me abrió la puerta un hombre fornido muy serio, impecablemente vestido de negro. Me pidió que le siguiera hasta la sala de lectura, en el primer piso. Mientras subíamos la escalera del vestíbulo, una escalera ancha y señorial, me fijé en un mecanismo situado en el extremo opuesto, que parecía un pequeño montacargas. La casa rebosaba lujo por todas partes. No había pedazo de pared sin decorar —ya fuera con un cuadro, un tapiz o un reloj—, pedazo de techo sin su moldura o rosetón, suelo sin su alfombra o moqueta ni rincón desnudo.

Los cuadros expuestos a lo largo del pasillo de la planta superior eran de un gusto exquisito, y los paisajes que mostraban, idílicos. Paisajes que uno desearía visitar, quedarse a vivir en ellos. Cada pieza de porcelana en sus rinconeras y anaqueles era de una belleza y un gusto sin par. Llegamos a la puerta de la sala de lectura. Él llamó con los nudillos y después introdujo la cabeza. Entonces, se hizo a un lado y me hizo pasar, cerrando la puerta tras de mí.

Noha me miraba desde detrás de un escritorio de caoba con chapa de nogal estilo Luis XV, de esos que la parte frontal llega casi hasta el suelo y no permite ver las piernas. Sonrió y me contagió su sonrisa, pero algo no encajaba. Era extraño que no se levantase para besarme en la mejilla, como solía hacer, así que decidí hacerlo yo, pero cuando estaba a punto de rodear la mesa para darle un beso, levantó su mano y dijo en tono firme:

—No es necesario.

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