La caja (XVI)

Me detuve en seco. Opté por sentarme frente a ella en una butaca de madera a juego con el escritorio, con tapicería color perla.

—Me alegro de que me hayas invitado —dije—. Lo de ayer me dejó muy mal sabor de boca. Veo —dije señalando las paredes— que no te va nada mal. Me alegro mucho.

Ella emitió un profundo suspiro. Después, empezó a hablar con su tono sensual y acariciante:

—Leo, mi querido Leo. Jamás pensé verte aquí, en Ilustración. Ha pasado tanto tiempo…

—Cinco años. Yo tenía veintiocho, así que…

—Estás igual de guapo, quizá más.

—Tú estás más hermosa que nunca, y sabes que no es coba.

—Escoba es lo que usan las brujas, ¿no?

Solté una pequeña carcajada tapándome la boca.

—Ya ves —dijo— que sigo siendo experta en juegos de palabras. Aquí lo valoran mucho. Pero necesité algo más que juegos de palabras para llegar a sentarme donde estoy ahora.

Yo observaba su cabello negro, su frente despejada, sus ojos oscuros. Esa belleza de los felinos, inquietante y peligrosa. Llevaba puesto un jersey negro de lana, de punto grueso, que realzaba sus facciones: las cejas como delicados cepillos, los labios carnosos apenas maquillados y esa nariz recta, poco desarrollada, que en combinación con sus pómulos la hacía enormemente atractiva.

—No sabía que estuvieras casada —dije—. Encontré tu dirección…

—No estoy casada —sonrió—. El matrimonio dejó de usarse en Literania hace muchos años. Aunque sí tuve una unión civil con un hombre, un escritor. Era miembro de la Pléyade. Vivíamos aquí cerca, en el bulevar Onetti. Tuve que mudarme cuando murió.

Exhaló otro suspiro.

—Bueno —dije—, aquí no se puede decir que vivas mal.

—No, ya lo sé. Esta casita es linda, pero tenías que haber visto la otra.

—Y ¿por qué la dejaste?

—Me obligaron. Sólo viven allí los que embelesan a la gente con sus letras. Empecé a escribir nada más mudarme, pero todavía me queda un largo camino. En fin, dejemos eso. ¿Qué tal tú? ¿Cómo te trata Literania?

—Bien, no me quejo. Aunque estoy bastante sorprendido.

—Es normal. A mí me ocurrió lo mismo al llegar. Te daré un consejo: no mientas nunca. Los literanos son muy sinceros y cualquier tipo de engaño se considera una ofensa grave.

Le conté el incidente con la recamarera, cuando empezó a desnudarse, y también que esa misma mañana el delegado cultural iba desnudo de cintura para abajo. Ella se reía al ver mi extrañeza.

—No es nada sexual —dijo—, te lo aseguro. Se hace como muestra de sinceridad. Y ahora, mi querido Leo, me temo que tendrás que marcharte.

—¿Ya? Pero, si sólo hemos hablado media hora.

—Lo siento. Ah, y disculpa que no te acompañe a la salida.

El mayordomo abrió la puerta en ese instante.

—Volveremos a vernos —dije—, supongo.

—No lo creo. De ser posible, te avisaré.

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2 thoughts on “La caja (XVI)

  1. Pero que mujercita… trás que no le abre la puerta el primer día, lo manda afuera a la media hora… Oye, eso de la sinceridad, me parece maravilloso… Voy a quitarme las pantaletas ahora mismo para decirle dos o tres verdades a mi marido…

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