La caja (XVII)

No volví a tener noticias de Noha. Ni una llamada ni un mensaje ni nada más que su recuerdo persiguiéndome constantemente. Los siguientes once días estuve tan ocupado que cuando llegaba al hotel por la noche no tenía ganas ni de ver la televisión un rato, antes de acostarme. Una vez, incluso, me dormí vestido, despanzurrado sobre la cama. Pasé el primer fin de semana en compañía de Petronio. El sábado fui con él, su mujer y sus dos hijos a visitar el palacio de cristal.

Muchas ciudades el mundo tienen un palacio de cristal, pero el de Ilustración, que sirve como botánico y museo de ciencias, superó con mucho lo que esperaba encontrar. Nada menos que una réplica exacta del famoso palacio londinense construido en Sydenham Hill, inaugurado por la reina Victoria en 1854 y destruido por un incendio en 1936. Me impresionó tanto aquella gigantesca construcción de cristal, el ecosistema que se creaba dentro, que a lo largo de la visita me sorprendí varias veces con la boca abierta, como un tonto. Junto con mis ojos igualmente abiertos y mi sonrisa de felicidad, mi expresión debió resultar tan graciosa que los hijos de Petronio me sacaban fotos.

El domingo comí en casa de Petronio. No tengo más que buenos recuerdos de aquel día, de aquella familia tan entrañable que inmediatamente se hizo un hueco en mi corazón por su hospitalidad, su infinita educación, su amabilidad, su simpatía, su vasta cultura. No había vulgaridad, hostilidad ni malos sentimientos en ellos. Después descubrí que la mayor parte de los literanos son así de acogedores, y que abren su corazón de par en par a todo el que sienten como amigo.

Petronio, además, despejó mis dudas respecto al dichoso cartoncito de la Oficina de Migración. Me dijo que era muy difícil que las autoridades migratorias se enterasen de que lo había perdido, por lo que podía circular tranquilo, y me prometió consultar el asunto con el presidente de la Fausto, su asociación, que dijo que era muy amigo del ministro de Educación y Cultura. Me quitó un enorme peso de encima, justo lo que necesitaba para enfrentarme con fuerza al trabajo que me esperaba la semana siguiente. “Cuánto voy a echar de menos a estas gentes”, pensé al salir de su casa, ya de noche.

Me impactó mucho, en el camino de vuelta al hotel, atravesar el fitogéfiro. El taxista, que hablaba en verso, me preguntó de qué material pensaba que estaba construido el puente que estábamos atravesando para salvar el río Gábel. ¿Hormigón armado, estructura de acero? Dije todos los materiales usuales, pero resulta que el puente está vivo.

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