La caja (XVIII)

Por lo que me explicó y después corroboré, al comentarlo con otros amigos, esa superficie grisácea por donde discurre la calzada es el tronco de un árbol con una antigüedad de casi dos mil años, que los encargados de mantenimiento conservan libre de ramas. Dejan crecer sólo las de los laterales, aunque las recortan en altura para que pueda verse el río desde los coches.

Mis intervenciones en las dos primeras conferencias salieron a pedir de boca. Nunca antes había tenido tanto éxito hablando en público. Al principio estaba un poco nervioso, pero notaba tan receptivas a aquellas personas que eso me animó, y quitando de los primeros minutos no me confundí, como solía hacer, al citar fechas, cifras y otros datos. Estaba que no podía creerlo.

El fin de semana siguiente lo pasé con algunos colegas que había conocido en las conferencias. Estaba Algirdas, el lituano que sólo pensaba en beber y fotografiar camareras, Ramatulai, una senegalesa de una inteligencia y un sentido del humor increíbles, y algunos otros. Fuimos a cenar a un restaurante en la calle Borges, muy acogedor, donde los camareros nos trataban como si fuésemos de su familia. El único punto oscuro de aquel fin de semana fue que Petronio me telefoneó para decirme que tanto su jefe como el ministro se habían declarado incompetentes en el asunto de mi salida del país.

La tercera conferencia fue distinta. Empecé con la confianza que me habían dado las dos anteriores, pero no funcionó. Algo no encajaba, no notaba que aquella audiencia, de más de cuatrocientas personas, me estuviera escuchando. Llegué a pensar que había un problema con el micrófono que llevaba prendido del cuello de la camisa, pero no se trataba de eso ni sé, a día de hoy, de qué se trataba. Lo único que sé es que, en lugar de venirme a bajo, o de continuar de cualquier manera para cumplir con aquel fastidioso trámite, me dio por reírme. Empecé a ironizar con el poco efecto que producían mis palabras y eso provocó algunas carcajadas en las butacas del fondo.

Cuando me vine a dar cuenta, las primeras filas me sonreían como si fuera el mejor cómico del mundo. Entonces, les hice preguntas sobre lo que estaba contando, algo que nunca antes había hecho. Y respondieron. Por supuesto, eran preguntas para responder únicamente “sí” o “no”, pero aquellos monosílabos pronunciados a coro me dieron un respaldo inmenso. Me sentía el dueño del planeta. Notaba que —ahora sí— los tenía conmigo.

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