La caja (XIX)

Empecé a moverme con más soltura, abarcando todo el escenario, que no era pequeño, y haciendo gestos bien exagerados para que los de más al fondo me vieran. Terminé con una frase que no llevaba en mis notas, que se me ocurrió en aquel momento y no era de mi invención, sino una versión de aquella otra pronunciada hace muchos años por Cordell Hull: “El éxito sólo se puede alcanzar convenciendo a nuestros adversarios”. Fui despedido con una tremenda ovación.

Entre tanto, averigüé por mi cuenta con quién había vivido Noha, un escritor fallecido en accidente de tráfico, en circunstancias muy tristes que a ella la marcaron para siempre. Reviví el momento de nuestro encuentro en tantas ocasiones que empezó a afectarme, y un par de noches me acosté sin cenar. Su imagen allí sentada, hierática, y esa caja color verde mosca que tenía sobre el escritorio y que, de vez en cuando, hacía girar con los dedos.

A esto se sumó el comentario de una clienta del hotel, al cruzármela una mañana en el pasillo. Me dijo, nada menos, que había visto una cucaracha en el lavabo de su habitación. Tengo fobia a las cucarachas, por lo que, inmediatamente, bajé a recepción decidido a cumplimentar una protesta en toda regla. Pero la recepcionista, sin inmutarse lo más mínimo y con toda amabilidad, me demostró que aquello era imposible, gracias al sistema anti-cucarachas con que contaba el hotel.

Ya más tranquilo, y convencido por la explicación, salí a la calle a buscar donde comer, y me dediqué a perseguir a una chica de cabello negro ondulado, zapatillas blancas de aspecto deportivo —aunque no le hubieran servido para practicar ningún deporte—, unos pantalones negros muy ceñidos y un top color naranja: la chica que salió del cuarto de baño de mi habitación. Fui tras ella como tres manzanas. Subió al mismo coche de la otra vez y yo tomé un taxi.

No quise decirle al taxista que estábamos persiguiendo un coche, así que me dediqué a darle indicaciones, improvisando como respuesta a los giros del coche donde viajaba la chica. Cuando el tráfico empezó a ser denso y los movimientos del coche difíciles de seguir, tuve que confesarle al taxista el motivo de mi viaje, mientras estábamos esperando en un semáforo. Él detuvo el taxímetro y dijo:

Del taxi te has de bajar,

intrigante pasajero.

Págame el viaje primero

y después, a caminar.

Anuncios

4 thoughts on “La caja (XIX)

  1. He soltado una inexplicable carcajada… Inexplicable para mi marido que estaba al lado y no estaba leyendo tu relato. Es que me encantaron los versos del taxista… La verdad me mataron. Tu “verde mosca” me recuerda a mi “verde horrible”… ¿Se parecerán?

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s