La caja (XX)

—Pero ¿cómo que a caminar, hombre? No hay ningún riesgo. Se trata de personas inofensivas.

—Diez seprones.

—Pero si le voy a pagar.

Él, sin dejar de mirarme por el retrovisor, me mostró su mano,  abierta con la palma hacia arriba, y dijo:

Dame ya los diez seprones

y no ruegues, penitente,

que el taxista aquí presente

no es la Vírgen de los Leones.

Pagué al taxista y me bajé. Miré el coche donde iba la chica y, sin pensarlo dos veces, fui corriendo hasta él, abrí la puerta trasera y me senté dentro.

—Muy bien —dije—. Explícame qué hacías en el cuarto de baño de mi habitación aquel día.

El conductor y la chica se me quedaron mirando. Él era un sujeto rubio, con gafas de montura gruesa y la piel muy blanca, que vestía de traje azul marino. Después de unos segundos de desconcierto, empezaron a reírse a carcajadas. Sin mediar palabra, salieron del coche. Yo intenté hacer lo mismo, pero resulta que las puertas de atrás no podían abrirse por dentro —el típico bloqueo que se usa cuando se tienen niños pequeños—, así que tuve que quedarme dentro del coche, en medio de un mar de pitidos, porque el semáforo se había puesto en verde y el coche detenido estaba empezando a crear el caos.

Lo gracioso es que, tanto el conductor como la chica estaban de pie detrás del coche, sonriendo. Decidí saltar al asiento del copiloto y salir de allí, pero cuando iba a hacerlo se abrió la puerta por la que había entrado y un policía me ordenó que bajara del coche. Obedecí. Para no empeorar las cosas, y tratando de evitar a toda costa cualquier problema con las autoridades, le dije al policía que me había equivocado de coche y que lo lamentaba mucho. El policía me miraba como mira un psiquiatra a su paciente y, aunque no le convenció mucho mi explicación, me dejó ir.

Después de comer volví al hotel. Mi intención era aprovechar mis últimos días en Literania para visitar algunos monumentos, pero si no conseguía arreglar mi problema con la Oficina de Migración, no sólo no podría salir del país, sino que mi estancia en él se complicaría mucho. Estaba considerando ir a pedirle audiencia al ministro, nada menos, cuando llegué a la recepción del hotel. La recepcionista me informó de que tenía un mensaje de Noha.

—Ha dicho que no la llame —dijo—. Que vaya directamente a su casa.

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