La caja (XXI)

Pulsé el timbre de la verja y esperé a que se abriera. Tardó más de lo habitual, y eso me hizo pensar que tal vez Noha hubiera salido. El fornido ayudante vestido de negro me trató mejor que la última vez. No dijo nada ni estrenó su sonrisa, pero noté que su actitud había cambiado. Ella estaba sentada en el mismo sitio que la otra vez, detrás de su imponente escritorio, con una camisa rojo intenso, a juego con su pintura de labios. Me sonreía, y parecía más contenta que la última vez. Mucho más. Esa vez no intenté besarla. Me detuve ante el escritorio. Ella extendió la palma de su mano y yo, ante la duda si quería que la besara o la estrechase, la estreché, eso sí, con muchísimo afecto. Su mano estrecha, de la que pude notar sus finos huesos allá en lo profundo, me produjo una sensación indescriptible. Erotismo, sensualidad y cariño a partes iguales.

—Me alegro de verte —dijo—. Esta mañana me levanté muy preocupada, pensando que tal vez te habías marchado ya.

—Aún me quedan unos días. Veo que te tomas en serio la escritura.

Ella se quedó muy sorprendida. Bajó la mirada hacia un cuaderno abierto que tenía delante y después me sonrió.

—Ah, no es nada serio. Pura terapia. La médico me recetó greguerías para aliviar mis… dolencias emocionales.

—¿Greguerías como terapia? Increíble.

—Sí, tengo que escribir dos al día. Mira, te leeré las últimas.

Tragó saliva, apoyó las manos de las manos sobre el escritorio y empezó a declamar sus últimas invenciones:

“Con gafas de sol parecemos coches de policía”.

“Eres hábil, como un día laborable”.

—Esta —dijo— es un poco más larga, a ver si te gusta:

“A solas en la plaza soleada, empezó a sentirse cada vez peor, y al llegar a las arcadas vomitó, allí donde Elizabeth Arden deseos de conocerme, mientras se debate entre L’Ôreal y lo irreal, vestida de Moschino mandarín.

—Oye —dije—, son muy buenas.

—Tengo más. Escucha:

“Los detractores suelen ser gente del campo”.

“A la hora de comer, los trabajadores del ala izquierda del edificio salieron volando”.

—Me gustan —dije—. Y no es coba.

Ella hizo gestos como si estuviera barriendo y recordé su chiste de la última vez. Nos reímos con ganas.

—Antes de las greguerías, la médico me recetó definiciones. Tres al día, coincidiendo con las comidas.

—Será después de comer.

—O antes. O al mismo tiempo. No importa mientras sea con el estómago lleno. Eso es importante.

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