La caja (XXII)

Escucha las últimas definiciones que escribí:

“Pedazo: Pedo inmenso”.

“Matrimonio: Matriarcal demonio”.

“Hombro: Masculino de «hombre»”.

“Insolente: Insolvente puesto al sol”.

“Piano: Cavidad anal del pino”.

“Letrina: Letra pequeña que da asco”.

Se detuvo. Aplaudí durante unos segundos. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, ella empezó a llorar a pleno pulmón. Instintivamente, me puse en pie para consolarla, pero ella levantó su mano y me detuvo con un gesto.

—Noha —dije—, quiero decirte algo. No he venido a molestarte, y entendería perfectamente que estuvieras en una relación con otra persona, pero…

—No, Leo. Tú no lo entiendes. No puedes saber cómo me siento. Estoy destrozada.

—Lo sé.

—No, no sabes nada. Ni te lo puedes imaginar.

—Lo sé todo, Noha. La última vez que vine me llamó la atención ese elevador que tienes en el vestíbulo, a la derecha. Después, busqué entre los escritores famosos del país que han muerto en los últimos años, hasta encontrar a tu antigua pareja. Así es como me enteré. Él murió en el accidente y tú quedaste… tetrapléjica.

Ella había dejado de llorar, pero seguía alterada, escuchando mis palabras sin mirarme, enfocando sus ojos hacia la ventana o hacia el suelo, como si no pudiera detener los movimientos de su cabeza.

—Noha, no sé cómo explicarte lo que siento. Todo eso me duele profundamente. Pero me entristece todavía más que no me lo hayas contado.

—He sido una tonta. No quería que lo supieras. No quería que me vieras en este estado tan lamentable. Después me arrepentí. Me torturaba pensando en lo cruel que fui recibiéndote de esa manera.

—Noha, yo te quiero tanto como siempre. No vine porque me designaron, forcé mi designación para poder verte. Si no me llegan a designar, hubiera venido de todas formas. Tenía que verte. Para mí, el que no tengas movilidad de cintura hacia abajo no cambia absolutamente nada.

Me miró con los ojos mojados y enrojecidos.

—No cambia nada —repetí.

Ella bajó la vista.

—Noha, necesito abrazarte.

Ella volvió a llorar. Después de un rato, sin levantar del todo la vista, extendió sus en dirección a mí. Me levanté despacio y rodeé el escritorio. Me agaché y rodeé su cuerpo con los brazos, besándola en la mejilla y empapándome con sus lágrimas. Ella también me besó, con fuerza, con ganas. Noté cómo me apretaba y su abrazo me decía que no me marchara. Me susurró:

—Vivo en total aislancia.

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