La caja (XXIII)

—No tienes por qué. Quiero que entiendas que no me das lástima. Es simplemente, que no me importa en absoluto que no puedas andar. Yo te quiero igual que siempre. Podría haber sido peor. Podrías haber muerto. Estás viva, tienes todavía mucha salud y no necesitas trabajar para vivir estupendamente.

—¿Sigues viviendo con Lía?

—Sí.

—¿Por qué bajas la cabeza?

—Por nada. Sabes que la quiero con toda mi alma.

Suspiró profundamente.

—Noha —dije—, Lía no es ningún problema. Créeme.

—Quiero estar sola, Leo.

—No digas eso.

—Mañana podemos vernos, si quieres. Pero ahora prefiero estar sola.

—Eso está mejor. Como quieras. Mañana volveré.

Caminé un rato por la zona Miller, repitiendo en mi mente las palabras de Noha: “Estoy destrozada”, “vivo en total aislancia”, “quiero estar sola”. Había quedado en verla al día siguiente, pero no estaba contento. Supuse que si solucionaba cierto problema me sentiría mejor, así que saqué la tarjeta que me dio mi amigo el taxista el primer día y marqué su número. Tardó muy poco en responder.

—¿Sí? —dijo—.¿Quién habla?

—Soy yo, amigo. El culto.

—Amigo, ¿qué es de tu vida?  Sigues en Literania, por lo que veo.

—Aquí sigo. Voy a necesitar tus servicios.

—Desde luego, amigo. ¿Cuándo los vas a necesitar?

—Ahora.

—¿Ahora? Está bien. ¿Dónde te encuentras?

—Estoy en el hotel. El Washington. ¿Recuerdas?

—Sí… Sí, claro, el hotel Washington, en el centro. ¿Estás ahí?

—Aquí estoy. Ven a buscarme.

—Está bien. Allá voy.

—Espera, amigo. Estaba gastándote una broma. No estoy en el hotel. Estoy en la zona Miller, avenida Beckett. Me trajiste una vez, hace días.

—Ah, una broma, ¿eh? Me gusta tu sentido del humor, culto. Sí, me acuerdo de ese sitio, pero me temo que voy a tardar como media hora.

—Eso sí que no. Voy muy mal de tiempo. Si no estás aquí dentro de diez minutos tomaré otro taxi.

—Pero culto, estoy en la otra punta de la ciudad. Entiéndelo.

—Lo dicho: o vienes en diez minutos o no te molestes en venir.

Aquello no le hizo gracia, pero me prometió venir lo más rápido posible. Mientras tanto, saqué del bolsillo unas esposas que había comprado en una tienda de artículos eróticos y estuve comprobando si realmente servían para sujetar a alguien. Decidí que eran perfectas para lo que yo quería, y eso me hizo sentir un poco mejor, porque no me habían salido baratas. A los siete minutos de finalizar la llamada, el taxi doblaba aquella esquina de la avenida Beckett. Respiré hondo y sonreí lo mejor que pude.

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