La caja (XXIV)

—Eh, culto —dijo—, tienes buen aspecto. El clima de Literania te sienta bien.

Abrí la puerta del copiloto y me senté.

—Esta vez quiero sentarme delante —dije—, si no te importa.

—Claro. Supongo que… Sí, no hay problema.

—Has tardado menos de lo que decías.

—Ah, es que conozco un atajo. ¿Dónde te llevo?

—A la barranca.

—Estás loco.

—No nos quedaremos mucho rato. Estoy saturado de ciudad. Necesito un lugar donde llenar los pulmones de aire fresco. Un sitio tranquilo.

Condujo hacia la avenida Conrad, que enlaza con la carretera que sale de Ilustración en dirección suroeste.

—Te comprendo, culto —me dijo—. Me crié en Bariseis, cuarenta kilómetros al sur, y comprendo perfectamente que estés harto de la ciudad. Yo, siempre que puedo, me escapo al pueblo con mi novia.

Tardamos poco en salir de la ciudad. Pude contemplar las fabulosas mansiones de los escritores más célebres del país. El bulevar Onetti es un lugar en el que no me importaría vivir, igual que la avenida Dostoyevski. Imaginé cómo sería vivir en una casa de aquellas, despertar por la mañana y besar a Noha en los labios. Sentía mucha curiosidad por saber qué guardaba en la caja verde mosca del escritorio. Cuando dejamos atrás las casas, bajé completamente el cristal de la ventanilla y saqué la cabeza mientras él se reía. Quedaban un par de horas de sol. Íbamos hacia las montañas, y por la velocidad del coche calculé que tardaríamos como media hora.

Me equivoqué. Nos llevó una hora entera llegar hasta la mitad de la montaña, momento en el que el taxi abandonó la carretera para coger un camino muy mal pavimentado. Después de una buena tanda de curvas apareció en toda su majestuosidad la barranca. Desde allí hasta el fondo habría, como poco quinientos metros. Llegamos hasta casi el borde del abismo. Por su lado quedaba a unos tres metros. Después de confesar lo impresionado que estaba de ver semejante belleza forestal, nos quedamos un rato en silencio.

Cerré los ojos y me preparé. Cuando los entreabrí y miré de reojo, él tenía la mano derecha apoyada en el volante, y su mirada se perdía en el paisaje de más a lo lejos. Parecía que estaba buscando la casa de algún conocido. Yo no quería hacer aquello. Le di muchas vueltas hasta que me decidí, pero tenía que elegir entre quedarme con la culpa o quedarme en la ignorancia, y elegí la primera opción.

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