La caja (XXV)

Aprovechando su descuido saqué las esposas del bolsillo del pantalón, muy despacio, procurando no hacer ruido. Las abrí conteniendo la respiración, me giré hacia donde estaba él y abracé con una manilla el volante, colocando la otra sobre su muñeca. En un movimiento sincronizado, cerré ambas manillas, de manera que quedó encadenado al volante. Se puso a gritar:

—Eh, culto, ¿qué haces? Estás loco.

Sujeté la mano que le quedaba libre y le palpé para asegurarme de que no iba armado. Busqué por debajo de su asiento, en la guantera, en cualquier sitio donde pudiera haber un arma, pero no había nada. Quité las llaves del contacto, bajé del coche y me apoyé en la ventanilla abierta.

—Muy bien —dije—. Explícame quién te envía y por qué.

—¿Qué te pasa? Suéltame ahora mismo.

Fui hasta el otro lado de la carretera y agarré una tranca. Le amenacé con ella y le dije:

—Abre el capó.

Cuando lo hizo, con su mano libre, localicé el claxon y le arranqué los cables. Regresé a la ventanilla del copiloto. Insistí:

—Cuéntame para quien trabajas.

—Soy taxista. ¿No lo ves? Trabajo para mí, para mis gastos, y también para el gobierno y el sindicato de taxistas. ¿Se puede saber qué te pasa?

—Los taxistas de aquí son todos gente humilde. Hablan en verso o en alguna clase de prosa poética mal aprendida. Todos menos tú. No sabes utilizar el radio-taxi ni el taxímetro. Tu licencia está demasiado nueva para estar fechada en 2001. Y casualmente, siempre estás cerca de donde estoy. Ahora, por última vez, dime para quién trabajas.

Apoyé mis manos en el lateral del coche, en la parte superior, y empecé a empujar como si quisiera volcarlo.

—Estás loco —decía él.

—Dime lo que quiero saber o te envío al fondo.

—Está bien, está bien. Para de una vez.

Me detuve.

—Estoy… —dijo—. Estoy aquí para protegerte.

—Sí, claro. En una ciudad sin apenas delincuencia.

Volví a darle empellones al coche. Uno de ellos consiguió poner el coche sobre las dos ruedas de su lado, por un segundo. Él gritaba como si ya estuviera cayendo por la barranca.

—Está bien —decía—, está bien, déjame explicártelo.

Me detuve.

—Es por mi novia —dijo—. Tiene acumuladas varias multas por faltas de ortografía y la policía le ofreció perdonárselas si les hacía un trabajo, que era vigilarte. Yo le ayudo.

—Tu novia debe ser una morena que esta mañana iba con zapatillas blancas, pantalones negros y un top naranja, en compañía de un rubio con gafas y un traje azul marino.

—El rubio es su hermano.

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