La caja (XXVI)

—Muy bien. Pero ¿qué hacía en la ducha de mi habitación el día siguiente de mi llegada?

—Calculó mal. Creía que el somnífero que te dimos te haría dormir unas horas más.

—¿Somnífero?

—Te rociamos con un aerosol para poder registrar tus cosas. Pero no llevabas maleta ni papeles.

—Tú debes ser Jairo, el secretario que nunca contraté.

—Sí.

—¿Cómo sabía tu novia mi mote de cuando tenía diecisiete años?

—Porque hablabas en sueños. Golpeabas la almohada diciendo: “No me llames Descartes”.

—Y ¿por qué me desperté desnudo?

—¡Yo qué sé!

—Y ¿por qué un país tan culto y tan letrado se molesta en espiar a un simple agregado cultural como yo?

Desvió la mirada.

—Estamos muy orgullosos de nuestro país —dijo—, pero no es tan bueno como nos gustaría. El gobierno no quiere que los visitantes descubran la diferencia entre los datos que ellos dan y la realidad. La tasa de delincuencia es baja, pero no tanto como te dije. Cosas así.

Cuando empezó a hacerse de noche le dije al taxista que me llevase al hotel y, una vez allí, le quitaría las esposas. Como el coche era automático, no necesitaba la mano derecha, y con un poco de cuidado podría girar el volante sin problemas. No le gustó la idea, pero tampoco tenía elección. Resulta que él y su novia habían alquilado una habitación en la misma planta del hotel que yo, la segunda, para tenerme vigilado. Pero su vigilancia se había terminado, porque me había deshecho de la tarjeta con su número que me dio el primer día, y era precisamente a través del microchip con GPS incorporado que llevaba como seguían mis movimientos. Ella iba a tener que pagar sus multas.

Cuando llegamos a la puerta del hotel había dos hombres en impecable traje y corbata que parecían policías. Desencadené al taxista, le advertí que no quería volver a verle y bajé del coche. Los hombres estaban junto a la puerta. Uno de ellos, con el pelo casi blanco, hizo ese gesto que tanto me gusta de señalar hacia arriba con la mano derecha, formando una pistola con los dedos. Lo tomé como una broma y le imité. A continuación, me bloquearon la entrada al hotel, aunque sin violencia.

—¿Cómo estás, hermano? —dijo uno de ellos.

Ahí es cuando supe que no eran policías.

—Muy bien —dije—. ¿Y tú?

—Estupendamente. ¿Necesitas algo? Tu visita a nuestro país, ¿se desarrolla con normalidad?

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