La caja (XXVII)

—Sí, con toda normalidad.

—Nos alegra escuchar eso. Te daremos un número de teléfono por si necesitas cualquier tipo de ayuda.

Me entregó una tarjeta en blanco. “Otro localizador”, pensé.

—Gracias —dije—. Te lo agradezco mucho.

—No hay por qué. Ya sabes que es nuestra divisa ayudarnos entre hermanos. Antes de que te marches nos gustaría invitarte a cenar. Una cena fraternal.

—Por supuesto. Os avisaré.

Me despedí de ellos y entré en el hotel. Manoseando sin querer la tarjeta, me di cuenta de que llevaba algo marcado en relieve. La saqué al llegar al mostrador de recepción y comprobé que llevaba un número de teléfono, aunque había que fijarse mucho para leerlo. La examiné contra la luz de una lámpara y vi que no llevaba ningún microchip.

La tarde siguiente, Noha me recibió sentada en una silla de ruedas, en el salón de la planta baja donde, según sus propias palabras, “el sol atravesaba las cortinas color crema para arrancar destellos al piano de media cola del rincón, en medio de un silencio majestuoso”. Estuvimos recordando nuestro pasado, en Santa Pétula, y me preguntó por algunos amigos comunes. Reía y se la veía contenta. Yo me sentía transportado. El taxista y su novia habían abandonado la habitación del hotel, habían salido de mi vida para siempre. En eso, Noha se puso muy seria y me dijo:

—Leo, ¿sabe alguien que vienes a visitarme?

—No. No se lo he dicho a nadie.

Mi respuesta le gustó, a juzgar por su sonrisa.

—Tengo que aclararte una cosa —dijo—. No soy tetrapléjica. Sólo parapléjica.

—Tienes razón. ¿Cómo he podido ser tan torpe? Ahora que me acuerdo, tal vez puedas ayudarme. Perdí la… ¿Cómo se llama? Es un cartoncito de la Oficina de Migración que necesito para salir del país.

—Ah, ya sé. Para eso me quieres, ¿no? Para eso me buscabas.

—Noha, ya te expliqué que eres el motivo de mi viaje. ¿Cómo iba a saber que perdería el dichoso cartoncito nada más llegar?

—Y ¿qué quieres que haga yo?

—Seguro que tienes contactos. Ayúdame. Sin eso no me dejarán salir del país el lunes.

—Pues no salgas. Después de todo lo que me has dicho, te marchas. ¿Cómo voy a creerte?

—Te lo dije. Tengo que estar en la boda de mi hermana.

—Fantástico. Y quieres que me crea que vas a volver, ¿no?

—Es que no tengo otra opción.

—Sí la tienes. No te marches. Si nos unimos por lo civil podrás quedarte sin problemas.

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