La caja (XXVIII)

Me levanté y me acerqué a ella.

—¿Lo quieres de verdad? —dije.

—Yo sí. ¿Y tú?

—Por supuesto. Es lo que más quiero.

Coloqué mis manos alrededor de su cuello y la besé. Un beso prolongado, sincero y sabroso. Cuando me separé, dijo:

—No quites las manos. Sigue. Tócame ahí donde lo estabas haciendo.

Le acaricié el cuello. Ella cerró los ojos y movía la cabeza. Despegó los labios. Luego, su boca se fue abriendo lentamente todo lo que era posible, “como una flor en primavera”, según me dijo después. Emitía gemidos de placer en voz baja, tratando de reprimirlos. Estuvimos así un buen rato. Yo exploraba de qué manera le haría gemir más y mejor, perfeccionando mi tacto sobre la piel suave de su cuello, hasta que, de pronto, agarró con sus manos las mías y empezó a gritar y a llorar.

—Leo —dijo—, ha sido fantástico.

Empezó a besarme las manos de forma compulsiva, y después me hizo agachar para continuar dándome besos por toda la cara.

—Ha sido fantástico —repetía.

La mañana del viernes quise darle una sorpresa. Me levanté temprano y busqué una tienda de antigüedades. Después de visitar cuatro, encontré lo que buscaba, el regalo perfecto: una navaja barbera de 1870, con mango de nácar, que perteneció al mago francés Théodore Dubois. Pagué por ella trescientos seprones, seguro de que en casa me hubieran pedido, como poco, el equivalente a mil.

Estaba tan contento con mi compra, pensando en la sorpresa que le iba a dar a Noha esa tarde que decidí sorprenderla todavía más. En lugar de llegar a las cinco y media, como habíamos acordado, fui a dársela en ese momento. Me subí a un taxi. Camino de su casa, no dejaba de imaginar la cara de felicidad que pondría al verme, su abrazo, sus besos, el tacto de sus manos.

La verja se abrió, y cuando subí los escalones vi que la puerta de la casa también estaba abierta. Entré de puntillas, escondiendo el paquete en la espalda y la busqué en el salón. Estaba seguro de que sería una gran sorpresa y no me equivoqué. Cuando abrí la puerta del salón, Noha estaba junto a la ventana, con la mirada perdida en el jardín, de pie, acariciándose el cabello con movimientos lánguidos. Estaba tan sorprendido que no sabía si saludarla o marcharme. Entonces, la bisagra de la puerta hizo un ruido y ella, sin mirarme, dijo:

—Las maletas están en mi habitación, Renault. Te lo creas o no, aún no me he marchado y ya tengo ganas de volver a…

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