La caja (XXIX)

Se dio la vuelta y ahí me vio. Su expresión fue más de enfado que de sorpresa.

—¿Qué haces tú aquí? —dijo.

No respondí.

—Leo —dijo—, como digas una sola palabra de lo que estás viendo te denuncio a la Oficina de Migración. ¿Me oyes?

—Tranquila, no diré nada. Pero ¿por qué me lo ocultaste?

—Vamos, no empieces con eso. Se lo oculté a todo el mundo. Me ha servido mucho para conseguir ciertas cosas. El médico que certificó mi parálisis es amigo. Ahora me marcho a Delhi para que me opere un especialista que hace milagros con casos como el mío. Cuando vuelva se habrá producido el milagro y ya no tendré que fingir más.

—Ibas a marcharte sin decirme nada.

Vino y me acarició la mejilla.

—Te quiero, Leo. Eres muy especial para mí. Pero ese maldito Renault tiene la llave de mi corazón.

—Tu masajista.

—No es masajista. Además, no hubiera funcionado. Nuestro color de ojos es idéntico. Eso es muy mala señal.

Por la tarde decidí llamar al número de teléfono marcado en relieve sobre la tarjeta que me habían dado aquellos sujetos que me llamaban “hermano”, los que me encontré en la puerta del hotel. No sabía quiénes eran, pero me habían tratado tan bien que tal vez pudieran ayudarme con la Oficina de Migración. Me dijeron que no había problema y quedé en cenar con ellos el domingo. Un par de horas después recibí una llamada en la habitación del hotel. La recepcionista me dijo que tenía que bajar, que había dos caballeros de la Oficina de Migración esperándome.

Me quedé petrificado. En ese momento era un ilegal, y por mucho que presentara testigos de mis actividades en Literania, a todos los efectos podría ser alguien que había entrado en el país de forma ilegal, quebrantando las leyes. Bajé con las piernas temblando, pero aquellos hombres no querían acusarme de nada. Sólo querían devolverme mi cartoncito, el mismo que perdí el primer día, nada más salir del aeropuerto. No podía creer aquello. Un empleado del aeropuerto lo había encontrado y les había telefoneado.

Esa noche cené con Petronio, Algirdas, Ramatulai y otros conferenciantes. Fuimos a un restaurante espectacular en la avenida Woolf, invitados por la Asociación Fausto. Allí probé, por primera vez, el vino turco, y la verdad es que estaba delicioso. Intentaba todo el rato borrar a Noha de mi memoria. En un momento en que Algirdas sacó a bailar a Ramatulai, Petronio, que ya llevaba unos tragos de vino turco de más, me estuvo contando lo enamorado que estaba de su mujer.

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