La caja (XXX)

—Una tarde, hace cinco años —dijo—, llegué a casa de trabajar. Entré, cerré la puerta y la llamé. “Judit. ¿Dónde estás, Judit?”. Sin respuesta. Abro la puerta de nuestra habitación y me la veo tirada en el suelo, atada con una cuerda, la boca tapada con cinta de embalar y sin zapatos. Delante de ella había un hombre apuntándole con una pistola.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Lo sorprendente es que, en vez de apuntarme cuando me vio, dejó la pistola en el suelo. Yo me acerqué con cuidado y, en cuanto lo tuve a tiro le di un puñetazo en el estómago que lo dejó amargado, y después todos los que pude darle. Hasta en el suelo le seguía pegando, al muy hijo de su madre. Me desahogué. Luego fui donde mi mujer y le quité con cuidado la cinta que le tapaba la boca. Y ¿sabes qué me dijo?

—Gracias, ¿no?

—No exactamente. Me dijo: “Imbécil, Sebetrian es un compañero de trabajo encantador, una persona sensible a más no poder. Mira lo que le has hecho. Estábamos jugando. Le conté que tenía esta fantasía y me apetecía probarla. Creía que eras una persona madura y psicológicamente estable, alguien que entiende que su mujer tiene derecho a tener sus fantasías eróticas, alguien que se lo permite, porque entiende que ella no le pertenece. Podías haber esperado en la cocina”. Y yo le dije: “Está bien, lo acepto, pero ¿cómo iba a conocer tus aficiones? Llevamos quince años durmiendo culo contra culo y no sabía que te excitaran este tipo de cosas”. Así que ahora, de cuando en cuando, me toca atarla.

—Petronio, has sido muy amable conmigo todos estos días, y tu familia también. Quiero hacerte un regalo.

Saqué la navaja que había comprado para Noha.

—Toma —dije—. Lo he traído desde mi país para una persona muy especial. Y esa persona eres tú.

Ramatulai quiso que bailara con ella un rato. Nunca me he sentido tan torpe. A su lado parecía un perchero. Ningún hombre de los que había allí le quitaba los ojos de las nalgas, incluidos los camareros. Yo las palpé en un par de ocasiones, porque ella agarraba mi mano y la dirigía allí. Eran duras como el mármol. Ella cambiaba los pasos cuando le parecía oportuno, así que estuve bastante ocupado tratando de no pisarla. Su sonrisa era absorbente, sus ojos inmensos. De vez en cuando me acordaba de Noha, allí de pie, junto a la ventana, y sentía una punzada en el estómago. Creía que lo había soñado. El accidente la había cambiado. ¿Hubo accidente? Lo que fuera en estos cinco años la había cambiado.

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