La caja (XXXI)

No recuerdo más de aquella noche. En el viaje de vuelta al hotel, el taxista no paraba de decirme que me agachara, seguramente porque mi chistera no le dejaba ver por el retrovisor. Cuando llegué al hotel eran las diez de la mañana y llevaba en la mano una cuchara bastante abollada. Los números de las habitaciones cambiaban de orden y se volvían borrosos, por lo que estuve un buen rato dando vueltas por los pasillos. Al girar la esquina de uno de ellos vi una figura que me resultaba familiar: la recamarera que se desnudó en el hall y me lanzó su ropa toda indignada. Me vio y me clavó una vez más sus ojos de hiena.

Aún estaba dolido por lo de Noha, pero me dije: “¿Qué dolor ni qué nada, hombre? El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es voluntario”. Así que le sonreí, según me aproximaba y empecé a desabrocharme el cinturón, después el botón del pantalón, de suerte que cuando llegué a dos metros de ella lo llevaba por los talones. Me bajé los calzones y me la quedé mirando.

Ella sonrió y me dijo algo que no recuerdo, algo agradable. Después supe que aparecer desnudo, como la primera vez que la vi, se consideraba exhibicionismo, pero desnudarse era síntoma de sinceridad. Fue un momento muy hermoso. Entonces, tuve marcharme, porque Noha se presentó de repente, con ocho piernas que terminaban en zapato plano con calcetín rosa y me metía prisa para que subiera al groucho. El groucho era muy cómodo, estaba completamente vacío. Noha había desaparecido, pero seguía escuchando su voz y me llamaba literano. Desperté cuando ella llamó a la puerta, la recamarera, a eso de las cinco de la tarde. Su turno había terminado.

Estábamos sentados sobre la cama, desnudos, y yo no paraba de reírme de no sé qué historias que ella me estaba contando. Después me contó que estaba estudiando y el lunes tenía un examen de Filosofía del compromiso social. Dijo:

—Me dueles mucho, melón.

Yo no la entendía.

—Ven —dijo—, duéleme.

Y ahí es cuando hicimos el amor, no sé si por primera vez. Lo cierto es que me enamoré como un idiota. Tanto que empezó a dolerme el lunes, el haber recuperado el cartoncito de Migración y la boda de mi hermana. Jamás me había ocurrido algo semejante. Cuanto más hablaba con aquella chica, más me convencía de que era el amor de mi vida. Noha desapareció de mi mente. Todo lo que sentía por ella era ridículo en comparación con lo que sentía por Paula Tina, que era el nombre de la recamarera.

 

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