La caja (XXXII)

Justo cuando descansábamos boca arriba, codo con codo, cuando ambos éramos uno con el Universo, cuando una lista interminable de factores se había colocado en línea para explicar la ecuación de la vida, cuando todos los ángeles del cielo bíblico se habían puesto a hacer sonar sus trompetas y producían una música incomparable por su belleza, su cadencia y su sonoridad, justo entonces, sonó el teléfono que había sobre la mesilla. Era la recepcionista-letrada del hotel informándome de que una mujer acababa de depositar un paquete destinado a mí. Me vestí con pocas ganas y bajé a por él.

La recepcionista me describió la mujer que había dejado el paquete. La descripción era buena, pero no tenía ni idea de quién podía ser. Desde luego no era Noha, que en esos momentos estaría en Delhi, a menos que me hubiera mentido sobre su destino. El paquete era una caja no muy grande, cuadrada, envuelta para regalo con papel satinado color púrpura y un lazo plateado. Sentía curiosidad por ver lo que contenía, sobre todo con tan misteriosa procedencia, pero al regresar a la habitación con Paula, mi interés por la caja se esfumó. La coloqué encima de la mesilla de noche y le propuse a Paula que saliéramos a cenar juntos.

Aquella cena tuvo un sabor agridulce. No terminaba de asimilar mi descubrimiento y eso me daba vértigo. Ese vértigo que se instala en el cuerpo cuando se produce un cambio rápido y drástico entre lo que pensabas antes y después de un suceso concreto, en este caso, mi encuentro con Paula. Supongo que tiene su explicación en la posibilidad de haber perdido el timón de la mente. Un cambio así podría ser el detonante de una serie de cambios repentinos que desembocasen en locura. Lo cierto es que, con vértigo y todo, disfruté mucho aquellos instantes. Hasta que algo me recordaba que el lunes tenía que subirme a un avión. Nunca me ha dado miedo volar, pero tengo tanto pánico a los trámites del aeropuerto como a una detención policial, igual que a todo lo que implique una pérdida de tiempo tan innecesaria como inevitable.

Paula me llevó a un restaurante portugués que conocía. Había fotografías de Oporto colgando de la pared. En una aparecía un amasijo de casas apiladas sobre una loma a orillas del Duero; en otra, el edificio del Palacio de la Bolsa; en otra de más allá, la catedral; y en la que tenía Paula sobre su cabeza, un enorme campanario de piedra grisácea más grande que su iglesia. Yo comí bacalao y ella pidió una francesinha.  El vino color rubí era excelente. Cuanto más bebía, más me dolía el lunes. Tenía que esforzarme para olvidarlo.

 

Anuncios

7 thoughts on “La caja (XXXII)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s