La caja (XXXIII)

La noche siguiente, la del domingo, había prometido cenar con aquellos caballeros misteriosos. Me picaba la curiosidad, quería saber por qué me llamaban “hermano”. Seguramente, me confundían con otro, y quitando de aquel detalle, no tenía otro interés en visitarles, puesto que mi problema con las autoridades migratorias se había solucionado, así como el de mi salida del país la mañana siguiente. Prometí a Paula que terminaría cuanto antes y quedamos en encontrarnos sobre las doce a una manzana del hotel, en la calle Charles Dickens.

Aquellos caballeros enviaron un coche a la puerta del hotel para recogerme, y no era cualquier coche, sino un Jaguar XJ Sentinel de color negro, con lunas opacas, que tengo que reconocer que era comodísimo. El chófer me invitó, muy amable, a degustar un tabaco de mascar que, según él, era el mejor del mundo, invitación que rechacé.

—Como guste —dijo.

Él se sirvió un buen bocado y, de cuando en cuando, escupía por la ventanilla. El viaje se me hizo largo y aburrido. Enfilamos hacia la parte sureste por la avenida Kafka, que atraviesa en diagonal un barrio de clase media llamado Ranasuai, y después continuamos por la avenida Ernesto Sábato hasta llegar a una zona residencial de lujo. La mansión frente a la que se detuvo el coche era, en realidad, un palacete. De construcción moderna, sí, pero copiado al detalle de otros similares construidos en Francia en el siglo XVIII. En cuanto bajé del coche pude olfatear que había una cuadra con caballos no muy lejos.

Me llevaron directamente hasta el despacho del Centurión del Crepúsculo, exquisitamente decorado. Había mármol por todas partes, con ribetes dorados, y estatuas de pequeño tamaño de estilo griego, romano y neoclásico. El centurión tenía la misma cara que un limón secado a la intemperie. La piel, surcada de arrugas, se adivinaba dura, y su color, a la luz de las innumerables velas que constituían la única iluminación del despacho, era cetrino. Un mechón largo de cabello plateado le caía sobre la mejilla derecha. Sus ojos eran verdosos, y parecían poder escrutar lo más recóndito de mis pensamientos. Llevaba los oídos protegidos con algodón porque, según me explicó, padecía de hipersensibilidad auditiva y de noche escuchaba tejer a las arañas.

—Salud, hermano —dijo.

—Salud.

—Antes de que te sientes a compartir mesa con nosotros, tus hermanos, en fraternal cena de acogida, me gustaría hacerte unas preguntas, así como asegurarme de que Literania te trata bien y tu estancia está siendo provechosa.

 

Anuncios

3 thoughts on “La caja (XXXIII)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s