La caja (XXXIV)

—Pues sí, ha sido una estancia muy provechosa, como dices. Mañana salgo para mi país.

—¿De dónde eres?

—Vivo en Santa Pétula, en…

—Ah, sí. Estado de Carrizos, ¿verdad?

—Sí.

—Espero que hayas podido colmar tus más explícitos deseos.

—Pues… Sí, no me quejo.

—Yo es que soy adicto al sexo. ¿Me entiendes?

—Ajá.

—¿Qué significa “ajá”?

—Que sí. Que te entiendo.

—¿Has sido alguna vez adicto al sexo?

—No.

—Entonces no digas que me entiendes porque no me puedes entender. ¿De acuerdo? No te puedes ni imaginar cómo me siento, ¿entiendes?

—No.

—¿No entiendes lo que acabo de decir?

—Sí.

Se arrellanó en su sillón, cruzó los brazos y me miró fijamente.

—¿Qué pasa contigo? —dijo.

—Nada. Entiendo lo que me dices, pero no puedo entender cómo te sientes, según dices.

—¿A qué cofradía perteneces?

—A ninguna, que yo sepa.

Sonrió durante un buen rato.

—Mi viaje —dije— se debe a un intercambio cultural.

En eso, un sirviente entreabrió la puerta aguardando instrucciones. El centurión le dijo sin mirarle:

—Es hora de que saques a Noha a dar un paseo.

Cuando el sirviente cerró la puerta le pregunté al centurión:

—Disculpa, ¿has dicho Noha?

—Es la forma corta de Nohala. ¿Quieres verla?

—Sí, claro.

Me hizo levantar y colocarme junto a él para mirar por el ventanal que había a su espalda. Yo no veía nada, más allá del jardín, alumbrado por farolas de hierro, el seto impecablemente cortado, los rosales amarillo pálido. Pero entonces pude ver al sirviente salir de la casa con un perro color dulce de leche.

—Ahí tienes a Noha —dijo el centurión—. Preciosa, ¿eh? Es una hembra de dogo de Burdeos.

—Preciosa.

—Has hecho muy mal en venir de incógnito. Si nos hubieras anunciado tu llegada, te hubiéramos recibido como corresponde a un hermano. Menos mal que mis hermanos están atentos. Tus gestos te delatan, como ese de taparte la boca al reír, o el de formar una pistola con la mano derecha apuntando hacia arriba. La jota, la sagrada inicial de nuestro héroe libertador, Jairo Belinchón. O esa combinación de colores de tu camisa: el verde y el gris, los nobles colores de nuestra bandera. No, un hermano no puede ocultarse ante sus hermanos.

Llegué a mi cita con Paula con un poco de retraso. Se había puesto unos pantalones de pinzas color gris, una camiseta sin mangas negra, un sombrero de ala corta, también negro y unos tacones.

—Me muero de hambre —dije nada más llegar.

—Pero, gentil desfigurado, ¿no venís de cenar?

—Sí, pero aquella gente era muy rara. La casa era de lujo, pero para cenar nos dieron un sándwich a cada uno. De ensalada con pollo.

 

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