La caja (XXXV)

Fuimos al Caribdis, un local que abría toda la noche. No sólo servían platos combinados y bebidas, sino que había juegos de mesa, y un ambiente tan acogedor que propuse a Paula que pasásemos allí nuestra última noche. Mi avión salía a las once y cuarto de la mañana, y no tenía maleta que hacer. Mis pocas pertenencias cabían en el bolso de mano, sin contar la caja envuelta para regalo que aún no sabía qué llevaba en su interior.

Pedí una hamburguesa con extra de queso y patatas fritas. Paula pidió un vaso de agua al que le echó unos polvos de color amarillo que traía envueltos en papel. Cuando le pregunté de qué se trataba se empezó a carcajear por todo lo alto.

—Pláceme vuestra inquietud, galán —dijo—. “¿Trátase de algún fármaco que toma por su delicada salud? ¿Acaso de alguna sustancia estupefaciente que denote adicción?”. Bien es cierto que el asombro os favorece.

—De acuerdo, pero ¿qué es?

Ella se me quedó mirando. Sonreía, pero no soltaba prenda. Le debía gustar mucho mi cara de tonto en ese momento. Me acordé de Lía, a la que iba a ver al día siguiente, al caer la tarde. Recordé sus últimas palabras esa mañana, cuando hablé con ella por teléfono igual que cada día:

—Que te sea suave el vuelo —dijo—. No comas mucho en el avión.

Recordar aquel extraño consejo, o mandato, acerca de la comida del avión me provocó más hambre. Le di un buen bocado a la hamburguesa, pringándome los dedos de kétchup, y volví a preguntarle a Paula por los polvos de su bebida.

—Concentrado de limón, galán —dijo—. Aquí es muy común.

Recordé las distintas ofertas de trabajo que había recibido a lo largo de la cena con aquellos “hermanos”, que había rechazado con toda cortesía según las iba recibiendo. En un momento de la noche, propuse a Paula jugar una partida de backgammon. Aceptó con entusiasmo y me dio una soberana paliza. De doce partidas que jugamos, ella ganó nueve. No paraba de reír por su victoria.

Había una pareja en una mesa próxima. Ella llevaba una pamela color chocolate a juego con su camiseta sin mangas, al estilo de la de Paula, y él llevaba un sombrero de canotier con la banda negra y una camisa blanca medio abierta en el pecho, mostrando un collar de ámbar. Escuché sin querer la conversación que mantenían:

―Perdona —decía ella—, pero yo tergiverso mejor las cosas.

―Y yo soy tan tolerante que me paso por el otro extremo, y me dejaría partir la cara con tal de que sigas diciendo patochadas.

En otro momento de la noche, propuse a la pareja que nos sacaran una foto a Paula y a mí con la cámara del móvil. Ofrecí el móvil a la pareja, por no discriminar a ninguno, y eso provocó una discusión. Los dos afirmaban ser el mejor fotógrafo allí presente. Paula y yo nos miramos desconcertados, y cuando estábamos a punto de renunciar a la foto, ella atrapó el móvil con sus dedos de largas uñas puntiagudas, se levantó y nos hizo una estupenda foto que todavía conservo.

 

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