La caja (y XXXVI)

Descubrí que servían chocolate caliente y encargué un par de tazas, junto con unos bollos para mojar. Había amanecido y yo, como los condenados a muerte, empezaba a odiar la luz del sol, la hora fatal, la pérdida del paraíso, el final que sobreviene a todo lo bueno de esta vida. Le dije a Paula que prefería despedirme allí, antes de tomar el taxi que me llevaría al aeropuerto, pero ella insistió en acompañarme. Ella debía estar trabajando a esas horas, pero había cambiado el turno para estar conmigo un rato más.

Subí a mi habitación del hotel por última vez y recogí mis cosas. Sobre la mesilla de noche seguía la caja envuelta en papel púrpura con lazo de plata. Me senté sobre la cama y rasgué el papel. La caja era de cartón grueso y en su interior había otra caja, la que tenía Noha sobre su escritorio. Era cuadrada, de unos diez centímetros por lado, acabada en piel de imitación color verde mosca. Al abrirla encontré una mariposa prendida al fondo con un alfiler de cabeza negra. Tenía las alas marrones, las superiores con manchas blancas en la punta, atravesadas en su mitad por una franja de color rojizo, franja que también aparecía en el borde de las alas inferiores.

¿Tenía aquello algún significado para mí? Ninguno. Lo más curioso es que, en el momento en que fui a pasar el dedo por las alas de la mariposa, la tapa de la caja se me cayó al suelo, y al recuperarla me di cuenta de que algo tintineaba en su interior. Me la aproximé al oído y la agité. En efecto, allí dentro había algo. Rompí una maquinilla de afeitar. Con la hoja rasgué el forro de la tapa y metí el dedo. Me costó un rato, pero al fin conseguí sacar aquella pieza rectangular, como de cinco centímetros de largo, color verde oliva, con unas hendiduras de lo más extraño, como puede verse en el dibujo que hice:

La caja 20

Guardé la pieza en un bolsillo del bolso de mano y salí de la habitación. Liquidé la cuenta del hotel. Me despedí de la recepcionista-letrada prometiéndole que le enviaría una postal de Santa Pétula. Paula me esperaba en la puerta del hotel. Había tenido la gran idea de llamar un taxi. Subimos y enfilamos hacia el aeropuerto. No articulamos palabra durante todo el trayecto. Habíamos hecho planes. Yo trataría de volver cuanto antes a Literania y ella intentaría trasladarse a Santa Pétula. No era fácil. Al llegar al aeropuerto decidió bajar del taxi para aprovechar los últimos minutos. Entramos, nos abrazamos hasta no poder más, nos besamos y me fui a hacer el check-in.

Saqué el cartoncito de la Oficina de Migración, el que tantos quebraderos de cabeza me dio desde que aterricé en el país, y lo besé. Me había propuesto no mirar atrás, pero no me pude resistir. Me giré para ver a Paula por última vez, pero ya no estaba. ¡Que feo, qué horrible era aquel hall del aeropuerto sin ella! Corrí hacia la puerta. Tal vez la viese aún, antes de que se metiera en un taxi rumbo a su casa.

Salí del aeropuerto, pero no la vi. Busqué entre los taxistas que guardaban en sus maleteros el equipaje de los recién llegados. Di vueltas y más vueltas hasta que tropecé con un hombre corpulento que estaba de espaldas. Perdí el equilibrio.  Abrí mis manos para amortiguar la caída, y antes de dar con mi cuerpo sobre el asfalto, el dichoso cartoncito de Migración voló de nuevo. Esta vez, ni siquiera lo vi alejarse. Se perdió en medio de una maraña de zapatos, maletas y ruedas de taxi.

Pensé que era mi destino, que tenía que pasar una larga temporada en Literania. Miré el cielo y pensé: “Lía, mi querida hermana. No me esperes esta noche. No podré asistir a tu quinta boda, pero a la sexta te juro que no faltaré”.

—¿Taxi, señor? —dijo una voz.

 

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