Cero errores (II)

En la calle soplaba un viento de lo más agradable, un viento que permitía soportar el calor. Un viento de procedencia noroeste que traía nubes del otro lado de las montañas. Ploteo llevaba su pesado cuerpo tan desprotegido como cada día, sin importarle lo más mínimo aquel viento. El sol había casi desparecido tras aquellas nubes. El alumbrado público se había encendido diez minutos antes de forma automática.

Se le aproximaba por detrás un coche patrulla teledirigido, recorriendo sin prisa la calle. Al pasar a su altura, el vehículo comprobó de forma automática su número de identificación. Después, continuó su recorrido hasta desviarse por la tercera bocacalle a mano derecha. Ploteo era el único en transitar por la ancha acera. Sus únicos espectadores eran distintas máquinas expendedoras, de refrescos, de recambios para automóviles, de lubricante para motores, de pintura para vehículos, que había distribuidas a lo largo de la avenida.

El lugar que le servía para dormir estaba a diez manzanas del auditorio. Nada más llegar a la puerta, una voz de robot dijo:

—Por favor, tenga la amabilidad de introducir su clave.

Él alargó el brazo izquierdo y tecleó la clave en una pequeña consola que había en el lado izquierdo de la puerta. Un segundo después, esta se abrió con un quejido de sus bisagras, que pedían aceite de forma desesperada. Ploteo entró y la puerta se cerró tras él con un nuevo quejido. Dentro estaba oscuro. Una araña cayó del techo sobre su cabeza lisa, correteó por su mejilla, por su cuello, por sus blancos pectorales y terminó cayendo al suelo. Esto tampoco le hizo inmutarse.

A solas en su hogar, se conectó a la Red para permitir la actualización de cierto software de carácter vital. Después, como cada noche, realizó un minucioso chequeo de sus constantes vitales, conectado a una serie de costosísimas máquinas. Comprobó el estado de su memoria y su temperatura interna. Una por una, las máquinas fueron coincidiendo al anunciar su conclusión:

—Niveles vitales óptimos.

—Memoria en buen estado.

—Temperatura óptima.

Puesto que las previsiones meteorológicas anunciaban lluvia, se aseguró de que su aislamiento del exterior era efectivo. Después, se colocó en un rincón del cobertizo. La luz de sus ojos se desvaneció. Dejó que el ritmo de su actividad se ralentizara lentamente hasta convertirse en casi inexistente.

Tres horas después, empezaron a caer las primeras gotas sobre Tectópolis.

 

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